El Gobierno de Pedro Sánchez rechazó entonces apartar a Marruecos y mantuvo su respaldo al proyecto con Portugal y el país norteafricano. Esa posición no equivalía a renunciar a la final: el Ejecutivo también defendió públicamente que debía celebrarse en España. La ministra de Deportes, Milagros Tolón, sostuvo que el Gobierno trabajaba con la FIFA para conseguirlo. El organismo internacional, además, negó que Gianni Infantino hubiera prometido ya el encuentro a Marruecos y calificó esa versión de falsa y engañosa.
La diferencia entre ambas estrategias está en qué hacer si España pierde esa disputa. Moncloa ha defendido mantener la organización conjunta mientras reclama la final; el PP plantea condicionar la primera a conseguir la segunda. Feijóo eleva así la presión sobre Sánchez, pero también abre una discusión sobre la viabilidad de cumplir su propuesta. Louzán ya ha advertido de que existen acuerdos firmados con la FIFA, los otros países y el Gobierno, un obstáculo que convierte la amenaza electoral en una decisión mucho más compleja que anunciar una retirada.
Infantino, entre el Mundial y su reelección
El pulso por la final encuentra a Gianni Infantino preparando su propia continuidad al frente de la FIFA. El dirigente anunció que buscará la reelección en 2027 y el congreso que decidirá la presidencia está previsto para el 18 de marzo en Rabat, precisamente la capital de Marruecos. Esa coincidencia no demuestra ningún acuerdo sobre el partido decisivo, pero coloca la disputa entre España y el país norteafricano en un escenario especialmente sensible para quien necesita conservar el respaldo de las federaciones. Infantino deberá administrar las expectativas de los anfitriones mientras defiende su gestión ante quienes votarán su futuro.
Gianni Infantino buscará la reelección en 2027 mientras la FIFA debe resolver la disputa entre España y Marruecos por la final del Mundial 2030.
FOTO: NA
Su candidatura llega, además, después de una crisis que golpeó el centro de su modelo de negocio. La FIFA tuvo que retirar su proyecto de abrir los derechos comerciales de sus competiciones a inversores privados, pero la marcha atrás no cerró la rebelión. Inglaterra, Gales, Serbia y Finlandia retiraron su respaldo electoral; Suecia también manifestó su oposición. El enfrentamiento alcanzó a las dirigencias de UEFA, la Confederación Asiática de Fútbol y Concacaf, que cuestionaron la transparencia del proceso y reclamaron cambios en la conducción. Según Reuters, las tres llegaron a estudiar un voto de censura para desplazarlo. Infantino encara así la elección de 2027 con una fractura que excede el rechazo a una operación comercial: está en discusión su forma de ejercer el poder sobre el fútbol mundial.
El Mundial de 2026 ya había expuesto la distancia entre el discurso de un torneo abierto al mundo y las condiciones para asistir. Las restricciones de entrada de Estados Unidos contemplaban excepciones para deportistas y personal de las selecciones que no se extendían automáticamente a sus aficionados. La guerra con Irán añadió otro conflicto: durante el campeonato, su equipo debía regresar a su base mexicana después de jugar en territorio estadounidense. La promesa de reunir al planeta convivió con fronteras que no todos podían cruzar en igualdad de condiciones.
Para 2030, la FIFA propone un campeonato todavía más disperso: tres partidos conmemorativos en Argentina, Uruguay y Paraguay, y los otros 101 en España, Portugal y Marruecos. Las seis selecciones que comiencen en Sudamérica deberán atravesar el Atlántico para continuar, un desplazamiento que obliga a prever entre once y doce días antes de su segundo encuentro. El centenario aporta una justificación histórica, pero también exige un esfuerzo adicional a equipos y seguidores. Más países en el mapa permiten ampliar la representación; también multiplican los intereses que compiten por quedarse con la parte más valiosa del espectáculo.
Ahí incide la amenaza de Feijóo. La final concentra el prestigio que ningún reparto de partidos consigue distribuir por igual, y su propuesta convierte esa desigualdad en una condición política para seguir organizando el torneo. Infantino afronta así dos negociaciones que coinciden en el tiempo: mantener cohesionados a los anfitriones y reunir apoyos para continuar en la presidencia. La elección de la final aún está pendiente; lo que ya queda expuesto es el límite del discurso de unidad cuando los socios empiezan a discutir qué obtiene cada uno.
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