Después vinieron las novelas que lo convirtieron en un clásico, como Nuestra Señora de París (1831), más conocida por algunos como El jorobado de Notre Dame, una crítica social con todas las letras. Ahí puso como protagonistas a personajes que antes nadie quería: Quasimodo, el jorobado marginado; Esmeralda, una gitana perseguida; y Claude Frollo, un religioso corrupto. Y la catedral de fondo simbolizaba una sociedad que prefería castigar antes que comprender.
Y en 1862 llegó Los Miserables, su obra más ambiciosa, una novela larguísima con personajes inolvidables, como Jean Valjean, Cosette y Javert, pero también con largas reflexiones políticas, sociales e históricas. Era un retrato brutal de la Francia del siglo XIX y, para muchos, es la cumbre de su carrera. Algunos críticos lo acusaron de panfletario, pero el público lo abrazó como un canto a la justicia social y a la redención humana.
El hombre que le escribió la cara a la injusticia
Con el tiempo, Victor Hugo fue dejando de ser solo un escritor para transformarse en una figura política con todas las letras. Al principio era bastante conservador, por influencia de su madre, pero con los años se fue corriendo hacia ideas cada vez más progresistas. En 1845 fue nombrado "par de Francia", un título honorífico que le daba asiento en la Cámara Alta del Parlamento, pero no se quedó en el molde: empezó a levantar la voz en favor de causas como la educación gratuita, el sufragio universal y, sobre todo, la abolición de la pena de muerte.
Durante la Revolución de 1848 fue elegido diputado y ahí se plantó con fuerza, aunque el entusiasmo le duró poco. Ese mismo año, el gobierno republicano reprimió con violencia una revuelta obrera, y Hugo empezó a tomar distancia. En 1851, cuando Luis Napoleón Bonaparte dio un golpe de Estado y se coronó emperador, Hugo lo acusó públicamente de traidor, lo cual le costó caro: tuvo que exiliarse para evitar represalias. Se fue primero a Bélgica, después a Jersey y finalmente a la isla de Guernsey, donde vivió casi 20 años.
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De a poco se convirtió en un referente político. Defendió causas como la educación y la libertad, escribió desde el exilio y murió siendo símbolo de lucha y coherencia.
El exilio no lo apagó, al contrario: escribió sin parar. Fue justamente en ese período que salió Los Miserables, pero también panfletos durísimos como Napoleón el Pequeño y Los Castigos, donde no ahorraba críticas contra el régimen. Desde su escritorio con vista al mar, siguió escribiendo como si estuviera en medio del Parlamento, defendiendo la libertad y señalando las injusticias.
En 1870, cuando cayó el Segundo Imperio y se instauró la Tercera República, volvió a Francia y fue recibido como un prócer. Lo eligieron senador y siguió peleando por reformas sociales, aunque con los años fue perdiendo peso político. Aun así, se mantuvo como una figura moral intocable hasta el final.
Cuando murió, en 1885, el país entero lo despidió con honores. Más de dos millones de personas lo acompañaron en su funeral por las calles de París. Lo enterraron en el Panteón, junto a los grandes de la historia francesa. Y no es para menos: Victor Hugo usó cada página de sus novelas como una trinchera desde la que defendió a los olvidados, a los pobres y a todos los que el poder prefería no ver.
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