Cuando conoció a Rubik, contó: "Tenía un cigarrillo colgando de la boca, ropa horrible… parecía un vagabundo. Pero sabía que tenía oro en las manos.” Con un cubo en mano, Laczi se infiltró como quien no quiere la cosa en la Feria de Juguetes de Núremberg en 1979. Ahí conoció a Tom Kremer, capo del mundo juguetero británico, que lo presentó a Ideal Toy, la empresa que lo relanzó al mundo como "Rubik’s Cube" ("Cubo de Rubik" en inglés). El resto es historia.
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En 1979, Tibor Laczi impulsó la exportación del Cubo, que explotó globalmente tras la Feria de Núremberg. Rubik se volvió millonario, fundó un estudio y su invento sigue siendo parte de la cultura.
Para 1982 ya se habían vendido más de 100 millones. Se organizaron campeonatos, libros, camisetas, y hasta tuvo su propio dibujito animado. Rubik se convirtió en el primer millonario salido del bloque comunista, una rareza total en esa época. Pero lo suyo nunca fue la fama.
Fundó el Rubik Studio, creó otros juguetes (como la Serpiente Rubik), dio charlas, y armó una fundación para ayudar a inventores jóvenes. Cuando le preguntaron si pensaba hacerse rico, dijo en la BBC: "Yo no buscaba eso, solo quería enseñar mejor y diseñar cosas lindas. El éxito fue un accidente."
Hoy, se estima que se vendieron más de 400 millones de cubos en el mundo. Y sigue apareciendo en películas, series, Google Doodles y récords cada vez más locos: lo arman a ciegas, bajo el agua, mientras hacen malabares o caen en paracaídas. Rubik, sin querer, armó algo que el tiempo no puede desarmar.
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