Su despedida fue dura para los combatientes. Como pudieron, lo buscaron entre el humo y la pólvora, pero ya era tarde. Tom los miró por última vez, con esos ojos fieles que nunca los abandonaron, y se fue. No tuvo honores militares ni un lugar en los libros de historia, pero para los que estuvieron ahí, fue un compañero de guerra más.
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El 13 de junio de 1982, Tom alertó de un ataque enemigo, pero una esquirla lo mató. Hoy, su valentía se honra con un monumento en Buenos Aires y una réplica en el Museo de Malvinas.
Años después, en 2014, en Ascensión, General Arenales, se le hizo justicia con un monumento. Una estatua lo muestra sentado sobre una piedra, como si todavía estuviera vigilando. A su lado, un casco y una cruz recuerdan a los caídos. También hay una réplica en el Museo de Malvinas, para que nadie olvide su historia.
Tom no tenía uniforme ni rango, pero peleó como el mejor. No disparó un solo tiro, pero salvó vidas con sus ladridos. Y aunque ya no esté, sigue presente en la memoria de aquellos que lo vieron darlo todo en la guerra. Porque los héroes no siempre usan botas: a veces, tienen cuatro patas y una lealtad inquebrantable.
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