Para quienes hayan leído a Sherlock Holmes, este misterioso caso podría parecer muy similar a "El misterio del valle de Boscombe", un relato corto que Doyle publicó en 1891. En esa historia, un joven es sospechado por la muerte de su padre, cuyo cuerpo aparece en un bosque. Pero las casualidades no terminan ahí, ya que los forenses a cargo del caso fueron dos personas que marcaron para siempre a Doyle y le sirvieron como musa inspiradora para crear al famoso detective de Baker Street.
Los precursores de Sherlock Holmes en la vida real
Joseph Bell y Henry Littlejohn, los expertos a cargo del caso de Ardlamont, fueron las principales inspiraciones para la creación de Sherlock Holmes. Ambos eran personas destacadas en la facultad de medicina de la Universidad de Edimburgo, donde Doyle había comenzado a estudiar por 1876.
Bell, un cirujano con mucho prestigio, inspiró el ingenio deductivo de Holmes, ya que poseía un don extraordinario para establecer los síntomas y las historias de sus pacientes simplemente con observar minuciosamente algunas señales no verbales. Podía deducir la profesión de un hombre por su forma de caminar, si había servido en el ejército por la forma en que llevaba el sombrero o dónde vivía por el estado de sus zapatos. Aquellas habilidades de razonamiento inductivo acompañaron a Doyle toda su vida, que luego aplicaría a su personaje. De hecho, el propio Conan Doyle reconoció la influencia de Bell en su obra, afirmando en una carta que le escribió: "Sin duda, es a usted a quien le debo Sherlock Holmes".
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Joseph Bell fue quien más contribuyó en la caracterización de Sherlock Holmes, no sólo por su personalidad tan inusual, sino también por poder deducir intimidades de una persona observando sus gestos y su ropa.
En cuanto a Littlejohn, como médico forense oficial, era el primero al que llamaba la policía cuando se producía una muerte sospechosa y además era un gran amigo de Bell. Tenía una vasta experiencia en escenas del crimen, analizaba la evidencia con meticulosidad y podía reconstruir eventos utilizando la ciencia forense, al igual que el famoso detective. A pesar de que Bell fue llamado por la prensa británica como el "Holmes de la vida real", Doyle admitió en 1929, un año antes de su muerte, que los métodos de Littlejohn lo indujeron a escribir historias desde un punto de vista científico.
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El caso en el que participaron Bell y Littlejohn posee similitudes con "El misterio del valle Boscombe", un cuento de Doyle publicado en 1891, con algunas diferencias. Por ejemplo, el hijo es sospechoso de matar a su padre.
Estos dos hombres, cuyo expertise fue inestimable en el caso de Ardlamont, nos permitieron entrever el mundo que dio a luz a Sherlock Holmes, el detective más grande que jamás haya existido. Es cierto que el caso terminó en la absolución de los acusados debido a que gran parte de las pruebas se perdieron en la asunción de que la muerte del pobre Cecil fue un accidente (lo que por suerte no ocurrió en el relato corto de Doyle), pero a ellos se les debe esa mezcla de habilidades en ciencia, observación y lógica por las que destaca Holmes.
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