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En 1880, sus restos viajaron en tren y barco hasta Buenos Aires, donde fueron recibidos con homenajes y un cortejo solemne. Desde entonces, siete granaderos custodian su mausoleo en la Catedral.
Finalmente, el 28 de mayo de 1880, el Villarino llegó a Buenos Aires. El féretro fue llevado en una carroza fúnebre espectacular, parecida a la que usaron en Londres con el duque de Wellington, tirada por seis caballos. El cortejo pasó por la calle Florida, cruzó Plaza San Martín (donde hablaron Avellaneda, Sarmiento y el embajador de Perú) y llegó a la Catedral. Durante 24 horas, el pueblo argentino desfiló para despedirlo, y al día siguiente, lo colocaron en el mausoleo que todavía hoy se puede visitar. Como el cajón era más grande que el espacio, lo pusieron en diagonal, y así sigue desde entonces.
Ahí también nació la leyenda de los siete granaderos, esos que se dice que eran los últimos del regimiento original y que se quedaron toda la noche custodiando al Libertador. Aunque hay dudas de que hayan estado vivos para ese entonces, lo cierto es que hoy, todos los días siete granaderos marchan desde la Casa Rosada a la Catedral para hacer la guardia. Dos se quedan, cinco vuelven, y así cada dos horas. Como si ese pedazo de historia todavía latiera. Como si el país siguiera diciéndole "gracias" a San Martín, todos los días, sin falta.
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