Detrás de esta dinámica aparece el mercado internacional del petróleo. El barril de WTI promedió US$83,90 en agosto, trepó a US$97,31 en septiembre y rondó los 98,29 dólares en octubre. El informe de OLADE relaciona esta aceleración con la reanudación de las hostilidades entre Irán y Estados Unidos en julio, luego del frágil alto el fuego alcanzado en junio.
El problema, además, es que los precios tienen una particularidad poco simpática para los consumidores: cuando el petróleo sube, el impacto suele llegar rápidamente a los surtidores; cuando baja, la transferencia puede demorarse o ser parcial. Los inventarios, los márgenes comerciales, los impuestos, los subsidios y los mecanismos de estabilización explican esa asimetría.
Para Milei, el escenario representa un desafío adicional. Su promesa de llevar la inflación a cero enfrenta una realidad que excede las fronteras argentinas: los combustibles son un componente transversal de los costos y las variaciones internacionales pueden convertirse en nuevas presiones internas.
La cuestión no es solamente cuánto puede bajar la inflación mediante el ajuste fiscal o la política monetaria, sino cuánto margen existe para sostener esa trayectoria cuando los costos energéticos vuelven a acelerarse. Porque, al parecer, conseguir inflación cero puede ser una cuestión de voluntad económica, pero también de geopolítica, petróleo y surtidores. Y ninguno de esos factores parece especialmente dispuesto a colaborar con el calendario presidencial.
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