La Reserva Federal de Estados Unidos -Fed- está muy por delante de Europa en lo que respecta al endurecimiento de las tasas de interés, ya que los ha aumentado en 75 puntos básicos y ha indicado que este mes se producirán más incrementos.
Este refugio seguro en el dólar estadounidense podría ser aún más extremo si Europa y Estados Unidos entran en recesión, advirtió la semana pasada en una nota el jefe de investigación de divisas de Deutsche Global, George Saravelos.
Turismo y comercio, los más determinantes
El turismo es el efecto más elemental, sobre todo para aquellos que tienen previsto viajar de Estados Unidos a Europa. Cuando un turista europeo se acerque al mostrador de una casa de cambio le darán menos dólares por sus euros, con lo que tendrá menor capacidad de gasto. Eso puede perjudicar a la industria turística de Estados Unidos. Por el otro lado, los estadounidenses que crucen el Atlántico en dirección a uno de los países europeos verán que sus dólares rinden mucho más. Y eso puede redundar en ingresos extra para hoteles, bares y restaurantes, muy necesitados de buenas noticias tras la recesión en el sector. También las tiendas europeas pueden salir beneficiadas: cuando en 2008 el euro llegó a cambiarse por 1,59 dólares, su máximo histórico, no era raro que muchos turistas viajaran a Estados Unidos con la maleta casi vacía para volver con ella llena de gangas. Ahora puede ocurrir lo contrario.
Con respecto al comercio, durante décadas, la devaluación de la moneda fue un instrumento de política monetaria básico para obtener ventajas competitivas con las que salir de las crisis. La idea es simple, si tu moneda vale menos, tus productos son más baratos, y es mucho más sencillo colocarlos en el mercado, lo que revitaliza las exportaciones y acelera la economía. Pero ese paradigma está dejando de ser una verdad absoluta: Alemania, que surte de vehículos a buena parte del planeta, sufrió en mayo su primer déficit comercial en más de 30 años a pesar de la debilidad del euro. La explicación está en la energía: Europa paga el gas y el petróleo en dólares, con lo que su encarecimiento, unido al descenso de la moneda única, está disparando lo que se abona por las importaciones, una transferencia de dinero de los compradores de energía rumbo a los vendedores que está desequilibrando la balanza comercial hacia los números rojos.
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