"Hace dos años no hay inversión en serio", resaltó, al mismo tiempo que destacó que "cuando empezaron a mirar las ganancias de las empresas, nadie puso un mango". Asimismo advirtió que la falta de infraestructura atenta contra una recuperación de la actividad económica: "Es difícil que la Argentina vuelva a crecer fuerte, por un cuello de botella en materia energética".
Además, puso énfasis en la pérdida de competitividad de la Argentina frente a Brasil o México, los principales rivales sobre todo en el terreno de la inversión automotriz. "En la Argentina hay mucho ensamblador, pero no hay política industrial vertical", dijo Rocca.
Ella replicó el 06/12: "Compraron por precio de chatarra la empresa Somisa y crecieron por la protección y los subsidios energéticos. El Estado los protegió con medidas antidumping y subsidios económicos".
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Cuando Paolo Rocca decidió no asistir a la conmemoración del Día de la industria que organizó la Casa Rosada en Tecnópolis en septiembre pasado –de haber concurrido, la señora Cristina seguramente lo habría acomodado en la mesa principal, a su vera–, debía saber que levantaba los puentes con el Gobierno. Su ausencia podía más que mil discursos críticos, afectaba el imponente orgullo femenino, la tradición del nunca despreciado poder kirchnerista; reducía, también, el volumen de la escenografía a televisar y la infalible convocatoria oficial, esa misma que no supieron imponer en esta ocasión De Vido, Moreno y Parrilli. Ni otros entusiastas voluntarios privados como Madanes, de Aluar, uno de los más conspicuos reclutadores de invitados. Siempre habrá un premio para el colaboracionista.
El faltazo de Rocca, como el de otros CEO conocidos del sector, dejaron a la Ejecutiva en el desierto o, más propiamente, con la compañía deslumbrante de Cornide, De Mendiguren y Lascurain, personajes que por historia, declaraciones e intereses hasta provocan risueños comentarios en el entorno de la propia administración.