Para responder resulta ilustrativo analizar la evolución de los costos laborales (salario bruto más 28% de contribuciones patronales) medidos en monedas de otros países. Con datos del Ministerio de Economía y los institutos de estadísticas de USA y Brasil se observa que:
> El costo laboral en dólares (corregido por inflación mayorista de USA) era de US$ 521 en el año 2002 y de US$ 1.689 en el año 2011.
> El costo laboral en reales brasileños (corregido por inflación mayorista de Brasil) era de R$ 2.302 en el año 2002 y de R$ 2.837 en el año 2011.
> Comparados con el promedio 1996-2001, los costos laborales argentinos son un 8% más alto en dólares aunque un 47% más bajo en reales brasileños.
La información oficial muestra que, hasta ahora, la efectivización de las demandas salariales no presentó mayores resistencias porque se partía de costos laborales muy deteriorados como consecuencia de la mega devaluación. Pero la situación ha cambiado. Los costos laborales medidos en dólares ya han superados los niveles previos al año 2002, quedando sólo una brecha favorable con Brasil gracias a la fuerte apreciación de su moneda.
Un incremento del orden del 30% de los salarios para este año, como están solicitando la mayoría de los sindicatos, implicará que el costo laboral en dólares se ubique en niveles muy superiores a los de la década de los ’90. Salvo que se acelere la devaluación del peso en cuyo caso también se aceleraría el proceso inflacionario y, con ello, las solicitudes de nuevas subas de salario. En el caso de la moneda brasileña, los márgenes son más amplios, pero hay que advertir que se acortan no sólo con el aumento de costos argentinos sino también con las devaluaciones que los brasileños vienen instrumentando.
La “etapa fácil” de la recuperación de salarios, luego de la profunda licuación producida por la devaluación del año 2002, se agotó. Fueron 9 años de grandes aumentos nominales de salarios que no colisionaban de manera decisiva con los equilibrios macroeconómicos básicos porque se partía de niveles salariales muy deteriorados. Además, jugó a favor de la Argentina el entorno internacional caracterizado por un dólar devaluado y un real brasileño que en la década que pasó se ha apreciado mucho.
La agudización de los conflictos en las paritarias explicita las consecuencias de no haber aprovechado este período –durante el cual las deficiencias estructurales de competitividad eran disimulados por la licuación de los salarios– para adoptar estrategias que incrementen la eficiencia productiva.
Frente al error cometido, la solución ahora no pasa ni por imponer, como sería el planteo oficial, aumentos de salarios por debajo de la inflación real ni, mucho menos, por acelerar la devaluación. Cualquiera de las dos alternativas supone un ajuste en los ingresos de los trabajadores para compensar la baja productividad. El camino correcto es adoptar estrategias más imaginativas que combinen aumentos salariales con baja inflación sostenidos por la promoción de la eficiencia productiva.