3 postales de Sandro: La Cueva, el LP del '69 y aquella clase media
3 relatos que ayudan a reconstruir la historia de Roberto Sánchez, Sandro:
05 de enero de 2010 - 08:29
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Relato Nº1: Rebelde
Primeros años de la década del '60. En Buenos Aires, todos los músicos estaban copados por el jazz de post guerra. Entonces es donde se empieza a imitar en la Argentina, la moda de los boliches de jazz.
Cáceres, un trompetista, decide poner un boliche de este tipo y alquila un pequeño local en Pueyrredón 1723. El sitio se llama 'La cueva de Pasarotus'. Se arman las primeras zapadas con músicos de jazz.
Roberto Rosado, dueño del local, ve el posible negocio y pasa a encargarse del manejo del mismo. Para ello pone a Bravo (administrador del local) y Bianco (mozo).
La Cueva (comienza a llamarse así) entra en auge. Rosado intenta poner músicos estables, pero nunca se sabía quienes eran los músicos estables, porque siempre eran distintos.
Javier Martínez: -Yo llegué a La Cueva en el '64. No recuerdo qué día pero sí seguro que fue en el '64. Ahí estaba un boliche de jazz que se llamaba Pasarotus y que tiene una historia increíble. Porque vos fijate que podés unir la historia del rock naciente con una historia de jazz que en ese momento había desaparecido pero que tenía un currículum increíble.Porque allí tocó Dizzy Gillespie, ahí cantó Juliette Greco, en ese escenario chiquitito, en ese lugar inverosímil. Tenía como máximo 4 metros de ancho por 10 metros de largo. Era un corredor, una cosa exigua, una cosa de nada para un boliche. Era un lugar sin categoría porque estab fuera de toda clasificación. Y era muy surrealista...aparecían a las 3 de la mañana chicas en soirée... con vestido largo, tipos con smocking y moñito, gente que venía de Mau Mau, que sé yo, de boliches del centro, súper caros, o de fiestas fastuosas. Y se venían a dar el toque bohemio a este boliche de rock.
Billy Bond: -Cuando conocí la Cueva ya no era Jamaica sino Pasarotus (se tocaba jazz). Ahí vi por primera vez en mi vida, fumar haschis. Estoy hablando de 1964, para nosotros eso era hablar marciano, ni siquiera en chino. lo fumaban los negros que iban a tocar free, todos super locos.
"Muchachos, hay un lugar para copar!": Pajarito Zaguri entró a los gritos en la sala de Callao 11 donde Sandro estaba ensayando con sus Black Combo. Era otoño de 1965. Y el lugar que decía Pajarito quedaba en Puyrredón 1723, casi esquina Juncal.
Sandro: -Creo que ésa fue la primera vez que escuché la palabra 'copar'. Nos metimos en La Cueva tres días seguidos para redecorar todo al estilo rock. Pusimos arpilleras, varillitas. Tambien hicimos un escenario.
Sandro y Billy Bond comienzan a frecuentar la Cueva, justo en un momento que el negocio empieza a declinar. Entonces a Bond se le ocurre volver a poner música en el lugar pero orientada al rock and roll. Habla con Bravo y le propone (luego de un parate de seis meses en que no tocó nadie) regentear el negocio. Ponen a tocar al conjunto Las Sombras, del cual Billy Bond era el cantante.
Sandro tambien se muestra interesado por la idea y, pasando sobre Billy Bond, firma un contrato con Rosado para tocar con Sandro y los de Fuego y además rebautizan el lugar como La Cueva de Sandro, sin éxito.
Sandro desaparece y Bravo llama a Billy Bond para hacer todo de nuevo.
Rocky Rodríguez: -Chicas había pero no muchas. No estaban involucradas del mismo modo que nosotros. Iban más que nada atraídas por la curiosidad. Después en la Plaza Francia aparecieron más.
Al haber música todos los días, vuelve a concurrir la gente. Allí es donde aparecen por primera vez Tango, Moris y Javier Martínez.
Moris en ese entonces era un cantante amateur de bossa nova, y lo hacía muy bien. Pero La Cueva está dando sus últimos pasos. Las contínuas razzias policiales lo hacían un lugar insoportable. Litto Nebbia batió el record de detenciones: 21 en un mes.
Dos años después, Rosado cierra el local e instala una casa de reparación de artefactos.
Litto Nebbia: -Puede ser que me odien, hasta alguno puede pensar que soy un resentido, te confieso que no lo soy, pero te digo la verdad: La Cueva era una cagada y de La Perla nos sacaban a patadas por el pelo largo. La Perla del Once era una pizzería que se llenaba de estudiantes universitarios. Nosotros no cuadrábamos. La Cueva era horrrible: no tenía acústica, no tenía ventilación, el local estaba sucio y lleno de pulgas. Relato Nº2: Ziggy Savasta en el Diario Popular:
El tipo estaba saludablemente vivo en la tapa de aquel disco del ‘69, Sandro de América, respirando profundamente e hinchando los pulmones como airbags debajo de aquella hoy casi mitológica camisa verde que vistió para la foto.
Cualquiera miraba aquella tapa y no podía creer que se tratara de una simple fotografía de Sandro. No, Sandro y su camisa verde estaban ahí, cómodos en el living de cualquier casa, generándole vaya a saber qué fantasías a nuestras madres, que se descubrían desvergonzadas, felices y vulnerables, mientras revolvían el estofado de la enorme olla de acero inoxidable o empujaban la aspiradora eléctrica sólo por el privilegio de tenerlo cerca y escucharlo.
Escucharlo con todos los sentidos puestos cuando Sandro trepaba como un atlético primate viril esos picos dramáticos que parecía alcanzar cuando cantaba canciones como "Así", o cuando disparaba esos lamentos laxos y repetitivos a la manera de "penas, y penas, y penas...".
Sandro era lisa y llanamente el amante secreto, sí, de todas nuestras madres. Aunque ellas y él se encontraban a escondidas regularmente en callejones secretos y oscuros que cobraban vida en sus más profundas fantasías. Muchas de esas madres son las que Sandro últimamente había bautizado como "las chicas". Gente realmente... peligrosa.
No podía creerse que a finales de los ‘80, cuando su grandeza francamente se había desdibujado un poco, su barriga quedaba encorsetada y asfixiada bajo chalecos inhumanos de alpaca que estaba obligado a seguir usando para mantener viva la fantasía ajena del artista, sus fans, sus "chicas", se abalanzaran al escenario para arrancarle la camisa sin medir el peligro de que en semejante y desesperada empresa pudieran romperle el cuello como a una indefensa gallina.
Y tampoco podía creerse que esas mismas señoras, altivas y disonantes en la vorágine de su histeria colectiva, repudiaran la ausencia de bises o un set demasiado corto quitándose sus prendas íntimas para arrojarlas después con furia ciega contra el telón abrillantado que se cerraba como los párpados de un moribundo cuando caen pesadamente como una persiana, en un póstumo acto de honor y dignidad.
Para todos los que lo idolatraron, la decadencia del ídolo será tan noble, hinchada y rígida como la decadencia de cualquier grande. Porque Sandro, gustara o no gustara, era un grande. Entrarán las comparaciones odiosas y absurdas con los últimos meses de Elvis Presley sobre la faz de la tierra. Inflado como un globo de cumpleaños, sudando como Manila en época de monzones, ahogado en esa especie de traje de astronauta en el que lo embutían para que saliera al escenario y cantara. Pero Elvis era tan grande, tan saturado de la grandeza que con el correr de los años y al final apenas consiguen un puñado de artistas (Frank Sinatra, el mismo Sandro) que su voz y su ángel por sí solos hacían que todo lo demás importara poco y nada. Sandro era uno de ellos, jugaba en las Grandes Ligas y poco podía o podrá reprochársele ahora que ya no está porque era uno de los más grandes, de los más grandes en serio.
Y si algunos todavía creen que ahora finalmente está muerto, tendrán que hacer como hacían hace treinta, cuarenta años nuestras madres cuando agonizaban largo por su amor. Parar la tapa del disco Sandro de América arriba de un mueble cercano y verlo ahí a Sandro palpitando, bien vivo y respirando profundo bajo aquella maravillosa camisa verde como no habrá otra igual.
Relato Nº3, en el diario Los Andes, de Mendoza:
Ésta es la historia de un hombre que quería ser cantante de rock and roll y se tuvo que conformar con ser mito. Es también una historia que se resiste a ser fábula: aquí no hay moraleja, apenas misterio.
Estamos hablando de una de las invenciones más minuciosas e intrigantes del espectáculo argentino. El decía que Roberto Sánchez inventó a Sandro. A esta altura, habrá que sospechar firmemente que Roberto Sánchez era Sandro y que finalmente ésta fue la historia de un hombre que se inventó a sí mismo.
Como todos saben, antes de ser "de América" Sandro fue de Valentín Alsina. El dato no resulta menor para la construcción eficaz de la leyenda: como Gardel o Maradona, su origen humilde y suburbano lo proveyó de una sabiduría extraña: con el marco inasible de su carisma y su risotada imbatibles, Sandro solía decir mentiras perfectas que sonaban a verdades absolutas.
Como los chicos, sabía jugar los juegos con la seriedad que corresponde. Conocía sus límites y los límites del artificio. Todas estas características no son otras que las que definen a un artista.
Sandro era un artista que además cantaba. Se consagró cuando sacudió la pelvis en Sábados Circulares de Mancera. Venía de frecuentar la bohemia de La Cueva, el sótano donde Litto Nebbia, Miguel Abuelo, Tanguito, Moris, Javier Martínez y otros fundaron el rock argentino.
Con el primer dinero se compró una Moto Guzzi modelo 46 que estacionaba en el cordón de los conventillos de Alsina. Su padre Vicente trabajaba en el frigorífico Wilson; su madre Nina leía historias árabes en el palier.
Él seguía parando en el Bar Pancho, pero ya esporádicamente. Cada vez tenía más shows, fama y dinero. Por entonces comenzó a acuñar frases y sentencias que repetiría por décadas con el énfasis de quien las dice por primera vez: "De mi casa para afuera soy Sandro; de mi casa para adentro, Roberto Sánchez: yo no compro lo que vendo".
"¿Mi secreto? No tengo: simplemente uso jeans como si fuera un smoking y smoking como si fuera jean". "Mi única obsesión es no dar lástima en el escenario". Después de cantar en el Madison Square Garden de Nueva York, el 11 de abril de 1970, en uno de los primeros eventos musicales televisados en vivo a buena parte de América, el éxito desfondó cualquier previsión.
El fenómeno de Los Beatles había cambiado drásticamente los modales en relación entre fan y artista: corrían tiempos de fiebre, amor y locura. Sandro comenzó a filmar películas populares -que no buscaban otra cosa que cabalgar sobre el suceso musical y afirmarlo-, y a mantener una sorda competencia con otros cantantes de la época, como Palito Ortega y Leonardo Favio, en la conquista de América.
Todavía no era el mito indiscutible. Era, sí, el ídolo de una buena porción de los jóvenes. Para los que gustaban del rock nacional o, por ejemplo, de Serrat, Sandro era un cantante "complaciente" que basaba todo en su imagen.
Cuando empezó a dejar de ser el remedo criollo de Elvis para -debido al paso del tiempo o por simple intuición artística- ir vislumbrándose como el crooner que era, Sandro observó cómo el furor menguó. Ya no era un fenómeno discográfico; ya su búnker de Banfield se había convertido en el hogar blindado que lo aislaba de las desmesuras del fervor pop y, al mismo tiempo, en la usina de rumores desopilantes.
Si a principios de los '70 tuvo que desmentir contactos "con la guerrilla", después le endilgaron hijos ("a partir de hoy parece que tengo exactamente 35 hijos", ironizó en 1977), variadas inclinaciones sexuales, enfermedades y un variopinto desfile de mujeres por su cama.
Lo concreto es que la vida íntima parecía más discreta que las fantasías: la ocupaban simplemente algunos amores (Julia Viscani, Tita Rouss, quizá María Marta Serra Lima, después María Elena Fresta) y el cuidado de su madre Nina. Sus vicios continuaban intactos o en franco ascenso: la bebida (este orden: champagne, whisky, gin) y una cantidad de tabaco que durante dos décadas rondó los 80 cigarrillos diarios. "Nadie maltrató tanto el cuerpo como yo", dijo una vez entre el arrepentimiento y la vanagloria.
La historia de Sandro era, también, la de los valores de cierta clase media barrial. A pesar de que en él se hacían carne muchos de los contrastes de la argentinidad (en 1982, por ejemplo, declaró que quería ir a las Malvinas "no a cantar para los soldados, sino para pelear"), el prototipo no llegó a degenerar en caricatura. Sandro defendía a la madre, a la familia y a la patria (en sus shows ubicaba una bandera argentina en un costado).
Criticaba a los políticos y detestaba a las guarderías infantiles y a los geriátricos. Por eso él mismo cuidó en Banfield a su madre durante su larga convalescencia. Por amor a la familia, "adoptó" a los cuatro hijos de su mujer, María Elena Fresta.
Los pormenores de la relación con María Elena fueron una de las escasas concesiones a la divulgación de su vida privada. Un trozo de misterio arrojado a la multitud. "Estoy soltero nuevamente", declaró Sandro en marzo de 2005, confirmando su separación de María Elena, con quien estuvo en pareja 15 años. Tiempo después se supo que, en abril, comenzó una nueva pareja con Olga Garaventa, de 45 años, ex secretaria de su manager y que lo acompañó en los últimos meses