Ya a fines de julio 2018, aquí mismo se insistía con que “son los propios funcionarios los que hablan de la posibilidad de obtener una “cosecha récord” para volver a salvar a la Argentina, cuando eso tampoco es cierto, no alcanzaría ni logrando el máximo del potencial (hoy, en alrededor de 150 millones de toneladas de granos), y tampoco se puede poner semejante carga sobre un solo sector, menos aún cuando distan de estar las condiciones económicas y financieras para materializar sus verdaderas posibilidades”.
Desde entonces (8 meses atrás) pasaron muchas cosas, como que entre otras cuestiones,
> volvieron a reinstalarse las retenciones;
> siguieron aumentando los servicios y los costos, igual que distintos gravámenes, y
> la inflación que erosiona la rentabilidad de los cultivos.
A pesar de todo esto, es probable que “el campo” esté a punto de superar las 140 millones de toneladas de cosecha y los funcionarios, siguen sin darse cuenta, aparentemente, que,
> por un lado le siguen restando rentabilidad a la producción vía más recortes de ingresos por impuestos generales y retenciones.
> Mientras, por otro, se vuelven a atrasar los programas de reducción de costos internos que le quitan competitividad a los productos locales.
Esto se plantea, por ejemplo,
> en la postergación de la baja de gravámenes,
> en obras públicas ya programadas como la de Bahía Blanca,
> en el retraso que siguen teniendo algunos proyectos de ley estratégicos para la agroindustria en el Congreso, etc., etc.
El campo resulta así bueno para algunas cosas (recaudar, por ejemplo), y malo o inexistente para otras, como podría ser devolverle más aceleradamente parte de la competitividad perdida. La situación se vuelve especialmente crítica en ciclos de elecciones, de campaña proselitista, como el actual.
Pero hay otra muletilla estigmática que se volvió “viral” en los últimos días, y que pasa por la pregunta: ¿y los productores cuando van a liquidar los dólares de la cosecha?
O afirmaciones mucho más virulentas sobre la “especulación” de la “oligarquía agropecuaria”, con los silos-bolsa que a esta altura parecen casi un instrumento mafioso y hasta merecieron una mención directa de parte de la titular de Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, quien llamó a “destruirlos”, lo que ameritó hasta una denuncia penal contra la dirigente, aunque con eso no se logra que una gran parte de la sociedad salga del desconocimiento sobre lo que implica un instrumento estratégico que en esta campaña, seguramente, permitirá almacenar y proteger al menos, un tercio de la cosecha (unos 45 millones de toneladas).
Nadie se plantea cuál sería el nivel de pérdida para el país (no solo para los productores) si lo cosechado quedara tirado en los potreros a la intemperie, tal como ocurría hace 3 a 4 décadas atrás cuando la técnica aún nos generalizaba.
Tampoco se alerta sobre el nivel de congestión que se produciría en los puertos si todo lo cosechado debiera llegar de golpe a los sitios de embarque, o a las fábricas, que en el núcleo Rosario, el más grande del país, apenas alcanzan todavía, una capacidad de descarga de 5.000 camiones diarios, es decir, unas 150.000 toneladas.
Por eso, los avances tecnológicos son los que permiten ahora la posibilidad de ir regulando los envíos, posibilitando disminuir parte de los problemas de logística, agravados por el atraso en volver a poner en marcha el ferrocarril, por lo que hoy las “colas” de camiones en los accesos a Rosario por las autopistas, aún rondan los 14-16 km. de congestión.
Pero, con independencia de todas estas cuestiones físicas, y de logística, la gran pregunta que surge es: ¿por qué el campo “tiene” que vender su producción y liquidar las divisas, cuando el resto de la sociedad hace exactamente lo contrario?.
¿El campo debe vender los dólares de la producción, para que el mercado pueda comprar más dólares?
No se está pretendiendo demasiado.