A todas menos a una.
La que por algo
en su apellido
lleva la última letra
del alfabeto.
Y por algo
no zafa de su solitario
destino de réprobo
y zocato,
que quiere decir zurdo.
Los hechos son sagrados
no importa cuáles,
dicen sagrados longevos
de la longevidad inmóvil.
Sagradas son las cautelares,
las subrogancias y las intangibles
e inaccesibles cuestiones
supremas.
Porque el sagrado ejercicio
de las leyes es de nobles
y no puede ser oficio de plebeyos.
Una cosa es ampliarles a estos
algún derecho de cristianos;
y otra es permitirles el abuso
de elegir con sus plebeyas intenciones.
jueces sagrados.
¡Oh! Supremo éxtasis mediático
que cunde luego del coro coral de la Corte.
Se entiende la bella orgía
democrática.
Anti democratizar excentricidades populares
sigue siendo una dicha incomparable.
Por eso gorjean en las sagradas
sectas y escondrijos judiciales,
y en las corporaciones sagradas
que copulan con ellas obscenamente
neutrales, ancestrales y parentales.
Gorjean como si un orgasmo supremo
las sacara de su ostracismo de ostras cerradas
en un témpano antiguo
que para descongelarse va a requerir un más
intenso sol de multitudes plebeyas.
Es lógico oír hoy supremos
y sagrados cantos de clase.
Siempre, quienes cantan
desde la altura
cantan sobre el silencio
de los otros.
Porque así está establecido
desde el origen
originado por los mismos que cantan.
¡Gratitud y honor a sus señorías
supremas! Menos a una.