Sin embargo, existe una diferencia entre la intención y la capacidad operativa de Irán. Funcionarios occidentales reconocen que Teherán ha recurrido en otras ocasiones a intermediarios y delincuentes para ejecutar operaciones encubiertas, aunque varios planes terminaron desarticulados antes de producir daños.
La información permanece bajo clasificación. Solo los integrantes de mayor rango del Congreso estadounidense, conocidos como el Grupo de los Ocho, habían recibido detalles antes de que se difundiera un memorando de Jay Clayton, director de inteligencia nacional.
La publicación del documento también generó interrogantes dentro de la propia administración. Algunos funcionarios cuestionaron que se hicieran públicas advertencias que, según reconocían, no podían respaldarse con pruebas de complots específicos.
El problema excede la veracidad de cada amenaza. La información incompleta, las interpretaciones erróneas y la dificultad para comprender las intenciones del adversario pueden precipitar decisiones militares de consecuencias imprevisibles.
El antecedente de Irak constituye una referencia central. La utilización de inteligencia selectiva como argumento para justificar una intervención militar demuestra los riesgos de convertir indicios en certezas políticas.
Trump y Netanyahu: las elecciones también condicionan la guerra
La dimensión militar convive con una variable política que puede modificar los tiempos y las decisiones de ambos gobiernos. Donald Trump enfrenta las elecciones legislativas de mitad de mandato, mientras que Benjamín Netanyahu atraviesa una disputa electoral que puede alterar el equilibrio de poder en Israel.
Trump afirmó que no ordenaría nuevos ataques antes de las elecciones, aunque dejó abierta la posibilidad de reanudar las operaciones después de esa fecha. Según funcionarios estadounidenses citados por la fuente, el presidente parece inclinarse en privado por una nueva ofensiva de gran escala.
Los planes del Comando Central contemplan una ampliación de los objetivos militares. La lista incluiría infraestructura energética y otros puntos estratégicos para la economía iraní.
El cálculo político también alcanza a Netanyahu. Una eventual derrota electoral no descartaría una última operación militar antes de abandonar el poder. La posibilidad de que su sucesor adopte una posición menos favorable a una ofensiva agrega presión a las decisiones del actual gobierno israelí.
Trump, por su parte, enfrenta el costo político de una guerra impopular incluso entre sectores de su propio electorado. La demostración de autoridad como comandante en jefe aparece como otro elemento de su estrategia.
Guerra asimétrica
En Irán, las declaraciones oficiales muestran que el gobierno considera una nueva confrontación como una amenaza existencial. Mahdi Mohammadi, asesor del presidente del Parlamento iraní, afirmó que el país prepara una respuesta distinta de los enfrentamientos convencionales.
"Será una guerra asimétrica, feroz y decisiva que atacará los puntos fuertes y débiles del enemigo", sostuvo.
Dos funcionarios iraníes, uno de ellos integrante de la Guardia Revolucionaria, confirmaron que los posibles objetivos incluyen diplomáticos y personal estadounidense. También defendieron las represalias como respuesta a los asesinatos de funcionarios iraníes y sus familiares.
Teherán ya demostró su capacidad para ampliar el alcance del conflicto mediante ataques contra bases estadounidenses en Oriente Medio y el cierre del estrecho de Ormuz. Ahora amenaza con extender las operaciones a infraestructura civil, instalaciones energéticas y cables submarinos de fibra óptica.
El antecedente de 2024 también permanece presente en Washington. Durante la campaña presidencial, las autoridades estadounidenses detectaron amenazas iraníes contra Trump y algunos de sus asesores. El FBI arrestó entonces a un ciudadano paquistaní acusado de participar en un plan de asesinato atribuido a la Guardia Revolucionaria.
La nueva escalada reúne, así, tres factores difíciles de separar: amenazas de seguridad, cálculos electorales y decisiones militares. Cuando cada parte interpreta las acciones del adversario como una señal de ataque inminente, el margen para la diplomacia se reduce. El riesgo ya no depende solo de una decisión deliberada de iniciar otra guerra, sino también de un incidente que ninguna de las partes consiga contener.
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