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Ataque al corazón: Qué hacer cuando uno se encuentra solo

Las enfermedades cardiovasculares representan la principal causa de muerte en el mundo. En la mayoría de los casos, el ataque al corazón puede prevenirse pero es fundamental saber qué hay que hacer cuando empiezan los fuertes dolores en el pecho y la persona se encuentra sola. Estas recomendaciones ayudan a ganar tiempo antes de llegar a un médico que intentará salvarle la vida.

Tal y como establece la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2012 más de 17,5 millones de personas murieron por un infarto de miocardio –conocido como ataque al corazón− o de accidente vascular cerebral (ACV).

Ocurren, en la mayoría de los casos, en países de bajos y medios ingresos donde se producen 3 de cada 4 de muertes por este motivo (75% de los casos). En un 80%, los infartos de miocardio y los ACV prematuros son prevenibles.

Los ataques al corazón se producen por obstrucciones que no permiten que la sangre fluya hacia el corazón. Generalmente se produce cuando se ubican depósitos de grasas en las paredes de los vasos sanguíneos que irrigan el corazón.

El problema se vuelve más peligroso cuando la persona que lo sufre se encuentra sola. Para eso es necesario conocer cómo debe reaccionar ante esta situación para recurrir a un médico lo antes posible.

Según afirman las autoridades médicas, en Argentina es la principal causa de muerte. En 2012 murieron 71.426 personas por esta razón y la mayoría eran mujeres con 35.806 muertes.

Los síntomas

Se siente un fuerte dolor y molestia en el pecho. También en los brazos, el hombro izquierdo, la espalda o la mandíbula. Todos estos síntomas pueden estar acompañados por náuseas o vómitos, mareos y problema para respirar con normalidad.

Pero, ¿qué hacer si estas solo? Nada más se tienen 10 segundos antes de perder la conciencia. Es importante conocer las recomendaciones para actuar rápido y con la mayor tranquilidad posible.

Lo que hay que hacer ante este caso es toser. Aunque parezca poco, con esta advertencia una persona ganará tiempo antes de que alguien la auxilie o consiga llegar a un médico. Es necesario hacer una respiración profunda antes de cada tosido. El toser tiene que ser hondo y extendido. Cada respiro y tosido se debe hacer cada 2 segundos aproximadamente hasta que se logre conseguir ayuda o cuando el corazón vuelva a latir con normalidad.

Cuando una persona respira profundamente, el oxígeno llega a los pulmones. Además, los movimientos que se hacen al toser comprimen el corazón y permiten que la sangre circule. Esa fuerza y presión que se hace sobre el corazón, permite que se restablezca el ritmo normal.

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La OMS da una serie de recomendaciones para evitar y prevenir esta problemática sufrida por hombres y mujeres alrededor del mundo. Los más propensos a sufrirlo son los que llevan una dieta desequilibrada, sufren enfermedades como sobrepeso u obesidad, hipertensión arterial y diabetes o consumen tabaco, entre otras. Los antecedentes familiares también pueden ser una de sus causas.

A tener en cuenta:

-Hacer ejercicio: se aconseja realizar 30 minutos de actividad física todos los días para proteger el sistema cardiovascular y mantenerlo en buen estado. 60 minutos diarios contribuyen a mantener un peso estable y saludable;

-llevar una dieta sana: es muy importante para el buen funcionamiento del corazón. En una dieta equilibrada no pueden faltar frutas y verduras, carnes magras, cereales integrales, legumbres y pescado. Se debe consumir poca sal y azúcar, y moderar el consumo de alcohol;

-evitar el consumo de tabaco: cuando una persona deja de fumar se reduce el riego de sufrir un ataque al corazón. Puede llegar a disminuir el riesgo hasta la mitad en 1 año;

-controlar el riesgo vascular: es fundamental para prevenir los infartos de miocardio, sobre todo aquellas personas con alto riesgo cardiovascular (por padecer hipertensión arterial, diabetes, hiperlipidemia o alguna enfermedad cardiovascular). Por eso, hay que medir la presión arterial, los lípidos en sangre y el azúcar en sangre. Es necesario consultar a un médico quien puede determinarlo con precisión.

Y ya que estamos...

Un estudio publicado recientemente en la prestigiosa revista Journal of The American College of Cardiology, y llevado a cabo por investigadores del Reino Unido en colaboración con expertos de Connecticut (Estados Unidos), Francia e India, ha mostrado que los hijos cuyos padres han vivido más tiempo tienen un menor riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares.

Para llegar a esa conclusión, los científicos analizaron a un total de 186.151 personas de entre 55 y 73 años cuyos padres, ya fallecidos, habían participado en el registro Biobank del Reino Unido, un proyecto nacional que recoge datos aportados por voluntarios para la investigación en salud.

Los datos de seguimiento se recogieron durante 8 años a partir de los registros obtenidos de ingresos hospitalarios, así como de registros procedentes de certificados de defunción. La valoración inicial del estudio reveló que el incremento de la longevidad de los padres se asociaba a una mayor educación, mayores ingresos, mayor actividad física y menores tasas de tabaquismo y obesidad.

En esta línea, los expertos comprobaron que cuando los padres habían vivido más de 69 años las causas de mortalidad en sus hijos disminuían hasta un 17% por cada década adicional que sobrevivían los progenitores. Pudo observarse asimismo que la mortalidad por cardiopatía isquémica se reducía casi un 20% cuando era la madre la que más años vivía, y un 21% cuando era el padre. Del mismo modo, aquellos hijos cuyos padres vivían más tiempo tenían un menor riesgo de sufrir enfermedad periférica, insuficiencia cardiaca, accidente cerebrovascular, hipertensión arterial, anemia, dislipemia y arritmia crónica por fibrilación auricular.

De hecho, los investigadores del estudio previamente ya constataron que los hijos de padres que aún vivían tenían ya menores puntuaciones de riesgo genético para sufrir coronariopatía, hipertensión arterial de predominio sistólico, índice de masa corporal elevado, hipercolesterolemia y niveles altos de triglicéridos.

Por tanto, se refuerza la premisa de que algunos factores hereditarios de nuestros padres influyen más de lo que habíamos imaginado en nuestra salud cardiovascular.

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