En 1989 fundó la Asociación Humanitaria de Akamasoa, que significa "Los buenos amigos" en lengua malgache, para ayudar a las personas que vivían en el vertedero de Andralanita y en las calles de la capital. Hoy con 25 años, Akamasoa es una ciudad que tiene 18 barrios, tres mil casas construidas, 13 mil niños escolarizados, escuelas, dispensarios, centros de acogida, centros deportivos y lugares de trabajo para los mayores.
"Son 25 mil personas. Se vive continuamente una vida cruda. Pero Dios nos prepara para una misión, nada es casual", dice el cura. Ese destino también incluye cuidar la integridad física de su gente. "Antes de dormir saludo a los guardianes, ellos nos protegen. Nos atacaron tres veces con armas de fuego. Hay que defenderse de la gente con mala intención", agrega.
A pesar de que sabe lo importante que es su obra y su persona en esta parte del mundo, no se siento salvador. "Sólo que cuando se vive con y en medio del pueblo, la gente comienza a creer, a tener confianza. Entonces, todo es posible. Los obstáculos y dificultades pueden ser vencidas".
Sobre su nominación al Premio Nobel prefiere no pensar porque su tiempo lo ocupa su tarea. "Puedo decir que el premio me lo está dando el pueblo", añade. Sí sabe que un reconocimiento de esta dimensión puede ayudarlo a abrir puertas para que el apoyo llegue más rápido.
Su obra se sostiene con el aporte de particulares. Recibe invitaciones para dictar charlas y dar conferencias. Por eso cada tres meses realiza giras que incluyen países como Francia, Bélgica, Mónaco, Barcelona, y nunca regresa con las manos vacías. "Saben que la ayuda le llega a los pobres. La gran mayoría quiere hacerlo", señala.
Europa es el principal motor de su obra: desde allí se gestó su postulación al Premio Nobel de la Paz. Aunque ya recibió innumerables distinciones y condecoraciones como el Premio de la Tolerancia por el Presidente de la Academia Europea de Ciencias y Artes en Eslovenia, en 2013 y Medalla de Oro de la Liga Universal del Bien Público en París en 2012.