Otro funcionario del Unicef, Anton Susanto, dijo que, entre 30 % y 40% de los heridos son niños, que sufren traumatismos craneales o fracturas en otras partes del cuerpo. Por su parte, la Cruz Roja Internacional evaluó en unos 200.000 los desplazados por la catástrofe.
La provisión de agua potable era otro problema, según la autoridades. En Bantul, los 12 sistemas de distribución de agua quedaron destruidos completamente o no funcionaban correctamente, según el Unicef.
Suministros médicos y bolsas para cadáveres empezaron a llegar al aeropuerto de Yogyakarta, a unos de la costa del océano Indico, donde el terremoto tuvo su epicentro bajo el agua.
Un vulcanólogo afirmó que el terremoto aumentó la actividad volcánica en el cercano Monte Merapi, que los expertos creen que podría estar a punto de entrar en erupción.
El Merapi ha retumbado durante semanas y emitió esporádicamente lava caliente y gases altamente tóxicos.
La comunidad internacional se movilizó en favor de los damnificados y ofreció su ayuda. Así lo hicieron, entre otros países, China, Estados Unidos, Pakistán, Canadá, Gran Bretaña, Francia y España.
Además, la mañana de este domingo, un fuerte terremoto de 6.7 grados de magnitud sacudió las islas Tonga, al sur del Pacífico; luego, otro sismo de 6.2 grados estremeció Nueva Bretaña, en la isla de Papúa Nueva Guinea, según el Servicio Geológico estadunidense, sin que se informara de daños o víctimas mortales.
Indonesia, un archipiélago de más de 1.700 islas, está situado en el llamado Anillo de Fuego, una zona del Pacífico de fuerte actividad sísmica. Todos los años se registran cientos de temblores, aunque la mayoría de ellos no ocasionan daños.