“El duhaldismo en Sigmaringen”, por Jorge Asís
A continuación se reproduce la nota publicada en el sitio de Jorge Asís: http://www.jorgeasisdigital.com/

A continuación se reproduce la nota publicada en el sitio de Jorge Asís: http://www.jorgeasisdigital.com/
El duhaldismo en Sigmaringen
Algunos nazis soportaban, en el palacio, la ofensiva de los aliados, mientras aguardaban la reacción del Fuhrer.
Mientras los aliados avanzaban, a los bombazos, imperturbablemente triunfales, los colaboracionistas con los nazis de distintos países europeos corrían a refugiarse en Sigmaringen. En las proximidades de Stuttgart, al costado del Danubio. En el lugar existe aún un castillo impactante. Un palacio majestuosamente inacabable, que alojaba a los nazis en desbandada que podía, mientras se esperaba, con cierto tesón, la reacción del Fuhrer.
Sin embargo no había espacio para el optimismo. La reacción del jefe nunca iba a llegar. Y no había posibilidades siquiera de un arreglo que no pasara por la capitulación.
Sin grandeza ni castillos, hoy, los duhaldistas devaluados, no saben encontrar, siquiera, su propio Sigmaridgen, mientras avanzan, imperturbablemente triunfales, las huestes huecas del kirchnerismo. Con su hostigamiento agresivo de encuestas y con su
bombardeo mediático.
Sin embargo, también esperan alguna reacción del jefe.
De "Negro".
Un Duhalde casi consumido por chupar tanto su caramelo de madera, ligeramente espolvoreado con azúcar impalpable, en su condición inveterada de Inspector del Mercosur.
La decadencia del duhaldismo -esa escuela lacaniana del conurbano- es explícita. Tanto, como la oquedad intelectual del kirchnerismo que los arrincona.
"Hay que esperar", dicen, cada vez menos confiados, aquellos "tenedores de sacos".
Pobres, aunque ya, los tenedores de sacos, no encuentran ningún saco que tener.
Porque, en el horizonte, sólo se perfila, con ganas de pelear, la señora Hilda González, aunque maltratada por las encuestas que desvelan a su marido.
"Hay todavía un mes y medio", dicen los duhaldistas confiados en Sigmaringen.
Aunque en realidad, para entretenerse, deben conformarse con disputas subalternas.
Amagan con prepararse para pelear con Kirchner, al que Duhalde denigra sigilosamente, de modo confidencial.
Sin embargo Negro envía mensajes conciliadores que los desconciertan, incluso a quienes aguardan alguna genialidad.
Descendieron entonces tanto que apenas les quedan glóbulos rojos para resistirse, hoy, a Felipe Solá.
Se lateraliza también la confrontación de la señora Hilda, que se desgasta en cuestiones francamente aleatorias. Ella se mueve en la política con la eficacia de un ciego en una habitación en penumbras. La proyectan como para enfrentarse con la Vampiresa y termina insultándose con un D’Elía, que como nada tiene para perder, se siente condecorado por su equívoca degradación.
"Sin nosotros nadie puede armar", aseguran los acosados duhaldistas que esperan, en sus Sigmaringen del conurbano, o en las antesalas del San Juan Tennis Club.
Aguardan, en Sigmaringen, que Duhalde los sorprenda con alguna jugada milagrosa.
Aunque, muy previsores, hasta se habitúan por anticipado, en Sigmaringen, a la idea de bajarse precipitadamente los pantalones y aceptar a La Vampiresa, como candidata a senadora por la provincia de Buenos Aires. Incluso, hasta podrían aceptar distribuir nombres de una lista conjunta. Para colmo, ni siquiera están seguros de poder tener fuerzas para proponer al invalorable Tito Lusiardo, alias Juanjo, como segundo, de La Vampiresa que lo detesta.
Lo peor, lo más intolerable, en Sigmaringen, consiste en enterarse del tenor de las cargadas.
Porque, al percibirlo tan pacientemente empomado a Negro, de manera tan indecorosa, por Vulgarcito, se desmoronan los hitos emblemáticos del duhaldismo.
Ya no queda ningún duhaldista en los fines de semana de Pinamar. Puede comerse tranquilo en Paxapoga, sin la presencia de duhaldistas en jogging.
Tampoco se los puede ver con la manguera, en short y hojotas, ensimismados en la tarea pensativa de lavar sus autos, en las antesalas de sus casas altas, y enrejadas, de Lomas de Zamora.
Por si no bastara, Negro, aquel temible cazador de tiburones, se encuentra, en Montevideo, sumido en sus estrategias continentales, acompañado de los fieles Verdi y Amadeo.
Y mientras trata, hoy, para distraerse, muñido de un baldecito y un gorro, de juntar almejas en las playas de Piriápolis, sus fieles escuderos se animan apenas a comentarios ad hoc.
"Me informaron que las mejores almejas están en La Paloma", por ejemplo interviene Amadeo, los pocos pelos al viento.
"No, las mejores almejas están en La Pedrera" agrega Verdi.
Mientras tanto Negro mira hacia el horizonte con el objetivo puesto en la Unión Sudamericana de Naciones.
Pensándolo bien, un Sigmaringen perfecto podía haber sido la histórica quinta de San Vicente. Sin embargo una pobre señora comió hongos de esa quinta bendecida y se murió. Y a su nieta debieron hacerle lavajes de estómago.
Nadie, en el duhaldismo, imaginaba un epílogo tan cruel.