De ahí que su achicamiento, al tiempo que en ese marco se iría agrandando la gestión financiera por la deuda, se concretó a expensas del empobrecimiento del mercado interno, pero también de la jibarización y concentración del comercio exterior, tanto en mercaderías y servicios como en los destinos y orígenes del intercambio.
Ni siquiera la regresiva distribución del ingreso aplicada sirvió para consolidar un modelo agroexportador, como el que pregonaba la Administración Macri al comenzar el mandato.
Ahora que el Banco de la Nación Argentina informó que no renovará las líneas de prefinanciación de exportaciones que vencen ni concederá nuevos créditos para esa operatoria, sumándose a bancos privados que ya tomaron una decisión similar en días previos, consecuencia de las restricciones implementadas por el Banco Central, la situación va a empeorar. Y con una paradoja: un dólar competitivo que no puede ser aprovechado por muchos exportadores.
La radiografía de la primera parte del año, sin el detonante de las corridas posPASO, muestra que en el semestre se exportó por US$ 30.752 millones en total, tres cuartas partes entre 10 complejos y más del 50% compuesto por insumos alimenticios (soja, maíz, trigo, girasol, cebada, carne y pescado.
Si se quisiera extender la clasificación a materias primas, entre petróleo y minerales agregarían otro 13%.
Suele afirmarse que, por tener una de las economías más cerradas del mundo, junto a la del socio mayor del Mercosur, Brasil, Argentina queda relegada en el desarrollo exportador ante los más de 2 centenares de naciones que componen el planeta Tierra.
Las limitaciones en tal sentido quedaron expuestas en un estudio reciente del Centro de Desarrollo Internacional (CID) de la Universidad de Harvard, que con los números de 2017 nos ubicaba perdiendo posiciones en un ránking ECI que mide las posibilidades de crecimiento de los países de acuerdo al nivel de diversificación y sofisticación de sus exportaciones: la Argentina se ubicó en el puesto 72 entre un total de 133.
Dos años después, entre la persistente caída del consumo, el ajuste cambiario y la inestabilidad macroeconómica, que difiere y posterga proyectos productivos, el recorte abarcó al movimiento de dólares contantes y sonantes que origina el comercio: descendieron 27,9% las importaciones en relación con el 1er semestre de 2018, pero la mala noticia es que la merma fue liderada por rubros directamente relacionados con la inversión, como máquinas, aparatos y equipos, cuyo volumen terminó siendo el más bajo desde 2010.
El mensajero es Marcelo Elizondo, cuyo CV con el que se presenta -presidente del Capítulo Argentino de la Internacional Society for Performance Improvement (ISPI), investigador y profesor del ITBA, director general de la consultora “DNI” y miembro consultor del Consejo Argentino para las Relaciones internacionales (CARI), además de integrante de la oficialista Fundación Pensar-, lo eximiría de cualquier sospecha de intencionalidad electoral.
Las máquinas, aparatos y equipos que se trajeron del exterior para nutrir el famélico motor del PBI en la primera mitad del año representaron 20% menos que en 2018.
La secuencia de la desinversión que expone sería:
** US$ 2.381 millones menos que en igual período de 2018,
** US$ 923 millones menos que en el de 2017,
** US$ 641 millones menos que en el de 2016,
** US$ 884 millones menos que en el de 2015 (último año de la era K),
** US$ 1.318 millones menos que en el de 2014,
** US$ 1.908 millones menos que en el de 2013,
** US$ 791 millones menos que en el de 2012, y
** US$ 1.753 millones menos que en el de 2011.
Como contraste, su diezmado monto actual equivaldría al stock de las letras de corto plazo en moneda extranjera que circulan en la plaza financiera local y estaría 50% abajo del cúmulo de vencimientos de las Letes en dólares.
Tomando también julio, que registró otro 27% general de retroceso interanual en las importaciones, el desagregado afecta en mayor medida a los vehículos (-57,6%), en 2do lugar a los bienes de capital (36%) y luego a los combustibles y lubricantes (30%) y los bienes de consumo (30%).
Elizondo se detiene en la gran caída de los bienes de capital, dirigidos a la producción, que se vinculan directamente con:
** la capacidad productiva,
** la modernización tecnológica,
** los estándares cualitativos de la generación de bienes y servicios y
** la modernización económica.
Estructuralmente, mantener deprimidas las importaciones, tal como en forma coincidente se repite desde la intervención del Fondo Monetario Internacional en la economía, dispara al corazón del aparato productivo nacional, que depende de los componentes traídos del exterior y conforman el grueso de la factura a pagar por balanza comercial:
** bienes de capital (inversión),
** insumos (bienes intermedios),
** energía, e inclusive
** automotores que se usan como instrumento para la mejor productividad de las personas o el transporte de mercaderías.
Si se consideran las importaciones medidas en 7 meses de 2019, la composición de los rubros dirigidos directamente a la producción suma 71% y sería:
** 37% bienes de capital con sus piezas y partes,
** 34% los bienes intermedios,
A ambos se les podrían agregar
** la energía, de la que 2/3 se trae del exterior para la producción, y
** los autos, cuya mitad estaría directamente referida a la movilidad vinculada a la producción.
Rezago comparativo de la inversión
En julio de 2019, la inversión de origen nacional y extranjero en maquinaria y equipos en Argentina equivale al 17,5% del PBI, muy por debajo del 24,5% que representaba en 2018 en el producto bruto mundial.
El atraso constituye una preocupante señal en un contexto de globalización e internacionalización de la tecnología y la mundialización del conocimiento productivo.
En tal sentido, según estudios privados, la inversión total cayó en los primeros 7 meses del año un 10,5%. La Argentina se encuentra (desde hace no poco tiempo) exhibiendo dificultades para al menos equiparar la tasa de inversión planetaria.
Los que exhiben las mejores tasas de formación de capital son los países de Asia Oriental (32%), con buenos ratios asimismo de Asia Meridional (30%), contra 22% de los miembros de la OCDE y 21% de los países de la zona euro, al igual que América del Norte. Latinoamérica viene con tasas de poco más de 19%.
Nada bien le está yendo tampoco al país en las exportaciones de bienes en general. Facturó US$73.500 millones en 2017, un 5,3% menos que en el quinquenio anterior y acortaron aún más las oportunidades de compensar el ajuste aplicado en el consumo interno.
Del estudio efectuado por el Centro de la Universidad de Harvard se extraen conclusiones nada esperanzadoras por estos lares, ya que los países que diversificaron su producción en sectores más complejos son los que experimentarán el crecimiento más rápido en la próxima década. A mayor diversidad y sofisticación de las capacidades productivas de las exportaciones, más crecimiento.
Según el ranking ECI, Uganda, Egipto, Myanmar, China y Vietnam encabezan la lista de las economías de más rápida evolución, ya que se espera que crezcan al menos un 6% anual. Casi todos son los clientes principales del supermercado imaginado por Mauricio Macri.
La noticia no puede ser peor para el asfixiante panorama de endeudamiento que se proyecta en estos momentos de volatilidad.
Esto lo acaba de advertir el ex secretario de Finanzas de la Nación y docente universitario Adrián Cosentino, en el cierre de las Jornadas 2019 de la Sociedad Argentina de Docentes de Administración Financiera (SADAF), realizadas en Mar del Plata: “No hay sustentabilidad de deuda posible sin condiciones macro que permitan alcanzar un sendero de crecimiento sostenido”.
Y acerca del estancamiento, sostuvo que “de una u otra forma, complica la salud fiscal y agrava los desequilibrios existentes, afectando indefectiblemente la dinámica de endeudamiento y la capacidad de pago”.
En este contexto de cuenta corriente crónicamente deficitaria, juega absolutamente en contra que en el imaginario de la población argentina el dólar estadounidense haya sido incorporado como unidad monetaria de referencia para el ahorro y las transacciones internas de mayor envergadura, como las que involucran patrimonios, coticen en acerbo foráneo como reflejo defensivo por el descrédito que inspira la inflacionada moneda nacional.
Ocurre que, paradójicamente, al haber conformado una de las economías más cerradas del planeta, el intercambio argentino de bienes y servicios con los otros países del mundo del que se alimenta la cuenta corriente del balance de pagos, que se materializa en unidades de cambio internacionales, como el dólar, ocupa cada vez menor espacio dentro del volumen total de las transacciones financieras y comerciales.