En ese mundo, dice Korinek, vender tu tiempo y tu capacidad ya no alcanzaría para vivir, y necesitaríamos sistemas de distribución de ingresos completamente nuevos, independientes del valor de mercado de lo que cada persona puede hacer.
Sobre quiénes corren más riesgo, su respuesta es directa: las llamadas "profesiones de laptop", es decir, trabajos de oficina como derecho, finanzas, contabilidad y consultoría.
No van a desaparecer de golpe, pero enfrentarán presiones competitivas enormes para automatizarse.
Anton Korinek advierte que la IA podría ser diferente porque afecta también trabajos basados en conocimiento.
Foto: University of Virginia
El más optimista: los humanos siempre encuentran la vuelta
Autor ve las cosas de forma diferente. Su argumento central es histórico: nunca hubo una revolución tecnológica que terminara con menos empleos en total.
La computadora no eliminó el trabajo, creó cuarto de millón de científicos de datos en Estados Unidos, un empleo que no existía antes. La automatización destruye ciertos trabajos y crea otros que nadie imaginaba.
Para Autor, la IA va a redistribuir el trabajo más que a eliminarlo. Algunos roles van a requerir más expertise y menos personas. Otros van a desaparecer. Pero también van a aparecer necesidades que hoy no están cubiertas, especialmente en salud y educación, que podrían absorber a trabajadores desplazados si la transición se maneja bien.
Su única área de pesimismo real no es económica sino política. La IA, dice, favorece la autocracia y la desinformación más que a la democracia. Ese riesgo le preocupa más que el desempleo.
David Autor sostiene que la historia muestra que la tecnología transforma el empleo más de lo que lo elimina.
Foto: MIT
La que pide calma pero no certezas
Gimbel ocupa el medio, aunque no por falta de opinión. Su argumento más sólido es que la mayoría de los trabajos reales son desordenados, ambiguos y difíciles de convertir en parámetros optimizables.
El tipo de trabajo que Silicon Valley imagina automatizar primero como el código, los procesos con objetivos claros, es atípico. La mayor parte de lo que la gente hace en sus empleos no se parece a eso.
También señala algo que los optimistas tecnológicos suelen ignorar: hay un gusto humano por la interacción con otros humanos que resiste la automatización.
Llevamos más de un siglo con la capacidad técnica de automatizar a los pianistas. No lo hicimos porque no es lo que la gente quiere escuchar. Lo mismo aplica al cuidado de personas mayores, a la educación, al teatro en vivo.
Su advertencia más concreta es sobre los trabajadores mayores. Los jóvenes tienen menos "capital ocupacional" que perder y más facilidad con las nuevas herramientas. Los adultos desplazados en la mitad de su carrera son quienes tienen menos chances de recuperarse económicamente, aunque sus hijos terminen mejor que ellos.
Martha Gimbel plantea que muchos trabajos humanos siguen siendo difíciles de automatizar porque dependen del contexto y la interacción.
Foto: YALE
Lo que los tres coinciden en no saber
Más allá de las diferencias, los tres economistas comparten una honestidad incómoda: la velocidad del cambio hace que sus propios modelos sean poco confiables.
Korinek admite que no sabe dónde estará el mercado laboral en 12 o 24 meses. Gimbel reconoce que es difícil imaginar un mundo que no existe todavía. Autor dice que podemos cometer errores terribles aunque también obtener beneficios enormes.
La discusión sobre si la IA va a destruir el empleo o transformarlo no tiene una respuesta correcta todavía.
Lo que sí tiene son dos certezas menores: que la transición va a ser desigual, más fácil para algunos que para otros, y que las decisiones políticas y regulatorias de los próximos años van a importar tanto como la tecnología misma.
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