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No solo encarece un 12% la vivienda: Airbnb gentrifica y redefine quién puede vivir en Madrid

Airbnb en Madrid redujo la llegada de nuevos vecinos: por cada 100 pisos turísticos, unas 50 personas dejan de mudarse al barrio.

La turistificación suele pensarse como una escena conocida: vecinos de toda la vida obligados a irse, persianas que bajan, portales convertidos en alojamientos temporales y barrios que empiezan a hablar más el idioma del visitante que el de quienes los habitan. Pero el impacto de Airbnb en Madrid parece tener una dimensión menos visible y, quizá por eso, más profunda: no solo desplaza a quienes ya estaban, sino que impide que otros puedan llegar.

Un estudio citado por Infobae, centrado en 128 barrios de la capital entre 2010 y 2018, muestra que la expansión de los pisos turísticos alteró la movilidad residencial madrileña durante los años de mayor crecimiento y menor regulación del fenómeno. La conclusión es incómoda para el debate urbano: en las zonas con más presencia de Airbnb, el problema no aparece tanto en una salida masiva de residentes actuales, sino en una caída sostenida de nuevos vecinos, sobre todo entre quienes no tienen título universitario.

La investigación, elaborada por el economista Cayrua Chaves-Fonseca, plantea así una lectura distinta de la gentrificación. La plataforma funciona como una especie de filtro económico que no se ve en la puerta de los edificios, pero que opera sobre el precio del alquiler, la oferta disponible y la capacidad real de determinados sectores sociales para instalarse en barrios cada vez más orientados al turismo.

Una barrera que no todos pueden cruzar

El dato central del estudio resume el tamaño del fenómeno: por cada 100 anuncios de viviendas completas en Airbnb que aparecen en un barrio madrileño, unas 50 personas dejan de mudarse allí cada año. La cifra equivale a una caída cercana al 2% respecto del flujo habitual de nuevos residentes, una variación que puede parecer menor en términos porcentuales, pero que gana peso cuando se observa su efecto acumulado sobre la composición social de una zona.

Lo más llamativo es que esa reducción no golpea de forma pareja. Según el trabajo, la caída en la llegada de nuevos habitantes se concentra casi exclusivamente entre personas sin estudios universitarios, una variable utilizada como aproximación al nivel de ingresos. En cambio, los perfiles con mayor cualificación no muestran el mismo nivel de retracción, lo que sugiere que la presión inmobiliaria no expulsa a todos por igual, sino que selecciona quién puede pagar el nuevo precio de entrada.

Así, Airbnb en Madrid no aparece solo como una plataforma de alquiler turístico, sino como una pieza dentro de un proceso urbano más amplio. A medida que los barrios se vuelven más rentables para estancias cortas, también se vuelven menos accesibles para quienes buscan vivienda estable con salarios medios o bajos. La consecuencia es una ciudad más cara, pero también más homogénea desde el punto de vista social.

La Latina, Madrid.

Los edificios de La Latina reflejan una de las zonas donde la expansión de Airbnb ha intensificado el debate sobre la vivienda y la transformación de los barrios madrileños.

¿No hay una huida masiva de vecinos?

Una de las paradojas que demuestra el estudio es que el aumento de pisos turísticos no se traduce necesariamente en una salida estadística masiva de vecinos históricos. La explicación está en varios matices que ayudan a entender cómo se transforma un barrio sin que todos los desplazamientos queden registrados de manera evidente.

Por un lado, se remarca que muchas viviendas reconvertidas en alojamientos turísticos ya estaban vacías o pertenecían a propietarios fallecidos, por lo que su cambio de uso reduce la oferta residencial sin provocar una expulsión directa. Por otro, si una persona deja su piso pero logra mudarse a otra calle dentro del mismo barrio, el padrón municipal no registra ese movimiento como una salida de la zona.

A eso se suma otro detalle menos visible: quienes se mudan dentro de la misma ciudad no siempre actualizan su domicilio de inmediato. Esa demora administrativa puede suavizar el impacto en las estadísticas, aunque en la vida cotidiana el cambio ya se haya producido. Por eso, la turistificación no siempre aparece como una estampida vecinal, sino como una pérdida lenta de oportunidades para vivir en determinados lugares.

El precio de la vivienda como mecanismo de selección

El mecanismo que explica esta transformación es económico. Los turistas pueden pagar más por pocas noches que un inquilino por un alquiler tradicional, especialmente en zonas cercanas a los grandes puntos de atracción de Madrid. Frente a esa diferencia de rentabilidad, muchos propietarios retiran sus pisos del mercado residencial y los trasladan al circuito turístico.

Esa reducción de la oferta disponible presiona los precios al alza. Según el informe, cada nuevo piso incorporado a Airbnb implica la pérdida aproximada de 1,2 hogares tradicionales en el barrio. Además, sumar 100 anuncios de viviendas completas en la plataforma eleva el precio de la vivienda un 2,2%.

En los barrios donde la penetración turística fue mayor, el impacto resultó mucho más fuerte. En el 10% de las zonas madrileñas con más anuncios, donde se superaban los 700 pisos turísticos, Airbnb llegó a encarecer la vivienda más de un 12%. El informe calcula que esa presión explicaría cerca de una cuarta parte de la subida inmobiliaria registrada allí entre 2014 y 2018.

Madrid, España.

El avance de los pisos turísticos en Madrid no solo presiona los alquileres, también modifica la llegada de nuevos vecinos y el equilibrio cotidiano de los barrios.

Más restaurantes, pero no necesariamente mejor vida de barrio

El avance de los alquileres turísticos también modifica el comercio cotidiano. La investigación detecta que por cada 100 pisos turísticos aparecen alrededor de cuatro restaurantes nuevos, una señal de cómo la economía local empieza a adaptarse al visitante. Sin embargo, ese crecimiento no siempre mejora la vida de quienes residen en la zona.

Las reseñas de madrileños en Tripadvisor, utilizadas por el estudio para medir la satisfacción local, no muestran una mejora clara en la relación entre calidad y precio. Es decir, la proliferación de nuevos locales puede ampliar la oferta gastronómica, pero no necesariamente responde a las necesidades del vecino, sino al consumo rápido y más rentable del turista.

Ahí aparece otra dimensión del conflicto. La ciudad no solo cambia por el precio de sus alquileres, sino también por el tipo de servicios que empiezan a ocupar sus calles. Lo que antes estaba pensado para una vida de barrio puede terminar reorganizado alrededor de una demanda temporal, más volátil y menos vinculada con el territorio.

Una ciudad más cara y menos permeable

El caso de Airbnb en Madrid muestra que la crisis de la vivienda no se reduce a una discusión sobre precios. También es una pelea por la movilidad social, por la posibilidad de elegir dónde vivir y por el derecho a entrar en barrios que, sin una prohibición explícita, empiezan a cerrarse para determinados perfiles.

La plataforma no levanta una barrera física, pero el resultado se parece bastante a un muro. No impide el paso con una puerta cerrada, sino con alquileres más altos, menor oferta residencial y una selección silenciosa de los nuevos vecinos. En una ciudad atravesada por la presión turística y la escasez de vivienda accesible, esa frontera invisible puede terminar siendo una de las formas más eficaces de expulsión urbana.

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