El alcohol interfiere en los receptores en el hipocampo que transmiten glutamato, un compuesto que a su vez transmite señales entre neuronas. Durante esta interferencia, el alcohol hace que algunos receptores dejen de funcionar mientras que activa otros. Este proceso causa que las neuronas creen esteroides que privan la comunicación adecuada entre las mismas, lo que interrumpe la potenciación a largo término, un proceso que se asocia con el aprendizaje y la memoria.
En términos más simples, el efecto es similar a la amnesia anterógrada en la cual el cerebro pierde la habilidad de crear nuevas memorias.
Tener el estómago lleno ayuda a prevenir esta molesta consecuencia de la embriaguez, ya que no comer provoca que el nivel de alcohol en la sangre se eleve más rápido. También es importante tomar más lento. Estudios muestran que la principal causa de esta pérdida de la memoria es un pico dramático en el nivel de alcohol en la sangre, ocurre cuando se alcanza rápidamente un nivel de alcohol de 0.15% en la sangre.
Para las mujeres puede ser más difícil evitar blackouts porque tienen menos agua en su cuerpo, al igual que deshidrogenasa gástrica, una enzima que disuelve el alcohol.
El experto en adicciones E.M. Jenillek, quien comenzó una investigación importante acerca de los blackouts en 1940, creía que éstos eran un claro signo de dependencia. Estudios más recientes indican que no siempre es el caso, los bebedores sociales pueden sufrir blackouts tanto como quienes beben cantidades copiosas a diario. Básicamente todo se debe a un incremento abrupto del nivel del alcohol en la sangre, sin embargo también podría tratarse de predisposición genética.
Para quienes sí se preocupan por el cuidado cerebral, los blackouts deben ser tomados como asunto serio ya que, lejos de hacerte ver ridículo, cada vez que se dañan las funciones básicas cerebrales aumenta la posibilidad de un daño cerebral permanente.