
Precisamente, el 15 de febrero de 2013 una roca que medía 18 metros de ancho y pesaba 12.125 toneladas entró en la atmósfera de la Tierra a unos 66.950 kilómetros por hora.
Afortunadamente, explotó a 23,3 kilómetros sobre la ciudad y dejó el área circundante llena de pequeñas rocas y polvo.
El meteorito de Chelyabinsk explotó con una fuerza 30 veces mayor que la bomba atómica de Hiroshima, aseguró la NASA.
De hecho, la explosión fue la más grande de su tipo en la atmósfera terrestre desde el evento de Tunguska de 1908.
Normalmente, los meteoros producen una pequeña cantidad de polvo a medida que se queman, por lo que los científicos no pueden estudiar las diminutas partículas.
Sin embargo, en esta ocasión, una enorme columna de polvo quedó suspendida en la atmósfera durante más de cuatro días antes de finalmente caer sobre la Tierra.
Además, la nieve que cayó poco antes y después del evento atraparon y preservaron algunas muestras de polvo de roca hasta que los investigadores pudieron recuperarlas.
Así fue que, bajo un microscopio estándar, identificaron los nuevos tipos de cristal de dos formas distintas de "peculiaridades morfológicas únicas", escribieron los investigadores en el estudio.
El análisis posterior reveló que estaban hechos de capas de grafito, una forma de carbono comúnmente utilizada en lápices.
El equipo estima que los cristales se formaron en las condiciones de alta temperatura y alta presión creadas por la ruptura del meteorito, aunque el mecanismo exacto aún no está claro.
Por eso, esperan rastrear otras muestras de polvo de roca espacial que haya caído a la Tierra para ver si estos cristales son un subproducto común o fueron exclusivos de la explosión del meteorito de Chelyabinsk.
El artículo se publicó el 7 de mayo en The European Physical Journal Plus.
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