Durante la primera noche todos los participantes durmieron en una habitación muy oscura.
En la segunda, la mitad durmió con un nivel de iluminación de 100 lux (unidad de medida que determina la cantidad de luz proyectada sobre una superficie) equivalente a tener encendida la televisión, la lámpara de la mesita de luz o que la claridad de la calle pase a través de las cortinas.
Cuando fue de mañana, el equipo de Zee investigó el control del azúcar en sangre de todos los voluntarios, mediante dos pruebas comunes de insulina, la principal hormona involucrada en la regulación de los niveles de glucosa.
Las personas que durmieron en la habitación con poca luz en la segunda noche tuvieron un control del azúcar en la sangre ligeramente peor que en la primera noche, cuando la habitación estaba casi a oscuras.
“Creían que habían dormido bien, pero tu cerebro sabe que las luces están encendidas”, explicó Zee.
Por último, quienes pasaron dos noches en condiciones de oscuridad tuvieron poca diferencia en el control del azúcar en la sangre.
Fuente: New Scientist