En la médula ósea se produce nuevo tejido óseo y también nuevas células inmunitarias. Por eso, los investigadores sospecharon que a una mayor cantidad de células inmunitarias proinflamatorias en esta parte del cuerpo podría dañar y debilitar el tejido óseo.
¿Cómo descubrieron la relación?
En los experimentos, los investigadores compararon ratones jóvenes con hipertensión inducida con otros ejemplares sin la enfermedad y más viejos.
El equivalente a la edad humana de los primeros era de unos 20 a 30 años y de unos 47 a 56 años para los segundos.
Durante seis semanas, 12 ratones jóvenes recibieron angiotensina II, una hormona que provoca hipertensión, al igual que 11 más viejos. Dos grupos, uno de 13 jóvenes y otro de 9 viejos, no fueron intervenidos.
Al finalizar el período se analizaron los huesos de los ejemplares y, como era previsible, los que no recibieron angiotensina II no desarrollaron hipertensión.
Además, en comparación con los ratones jóvenes sin hipertensión, los ratones jóvenes con la enfermedad presentaban una reducción significativa del 24% de volumen óseo y una reducción del 34% en la capacidad de los huesos para soportar cargas y tensiones estructurales sin fracturarse.
Aunque los resultados aún no pueden generalizarse a humanos, los hallazgos demostrarían que el “asesino silencioso” plantea riesgos para los huesos.
Los resultados de la investigación se presentaron en el último congreso de la American Heart Association.
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