“Con el uso del plasma en forma temprana aplicado a las 72 horas de los primeros síntomas leves, logramos que el ladrón no llegue a robar, o sea, que el virus no logre desarrollar su enfermedad grave”, explicó, estableciendo una analogía con un robo.
De esta manera, y en línea con el uso de derivados del plasma -como la gammaglobulina hiperinmune- y las drogas antivirales en otras enfermedades-, el plasma rico en anticuerpos actúa al comienzo de la enfermedad evitando que avance, a diferencia de los ensayos realizados en pacientes graves donde detener la progresión del COVID-19 se hace más difícil y no se han encontrado beneficios concluyentes en su utilización. Así, el equipo administró el plasma a las 72 horas de síntomas leves activos, en pacientes confirmados con COVID-19 con enfermedad leve. El 11% de las personas que recibieron plasma se enfermó gravemente frente al 30% de enfermos graves de los que recibieron placebo.
“El plasma es sólo un vehículo que lleva anticuerpos. El 28% de las personas tiene, según nuestro estudio, la cantidad de anticuerpos necesarios para donar plasma para este tratamiento. Restringiendo los donantes a los de mayores concentraciones de anticuerpos, es posible mejorar el rendimiento del plasma aún más. Los pacientes que tuvieron neumonía o necesitaron internarse son quienes más anticuerpos suelen producir”, explicó Polack.
“Esto cambia el foco de a quiénes administrarles plasma. Es una intervención para esa población que estará disponible mucho antes de la llegada de una vacuna para COVID-19 en el país”, aseguró Polack, que destacó que a diferencia de otros estudios realizados con plasma cuando al paciente ya cursa la enfermedad grave, la utilización tan temprana del mismo interrumpe el curso normal de la infección y es capaz de detener la evolución de la enfermedad grave en la que luego será necesaria una internación en terapia intensiva y con demanda de un respirador.
Según apuntó Polack en la presentación, “este estudio describe la primera estrategia en el mundo para detener la progresión del SARS- COV2 con una intervención económica, universal, no sujeta a patentes, probadamente segura y que puede administrarse en forma ambulatoria en unidades de atención sin necesidad de hospitalizacion”.
El diseño de este estudio fue aleatorio, doble ciego y controlado con placebo. Esto significa que la mitad de los pacientes recibió al azar plasma de alto título de anticuerpos y la mitad restante placebo (solución fisiológica), sin que médicos ni participantes supieran qué sustancia se administró a cada individuo. Este método se usa para garantizar la imparcialidad en la evaluación de los resultados.
Una vez que todos los pacientes reclutados recibieron plasma o placebo se comparó la evolución de la enfermedad en ambos grupos. De los pacientes efectivamente tratados con plasma sólo 9 necesitaron oxígeno contra 23 que recibieron tratamiento con placebo. Se estima que una de cada 6 personas tratadas con plasma que hubiera tenido enfermedad severa de no haberlo recibido, no llegó a desarrollarla.
“Este es el único estudio en el mundo contra el SARS-COV2 que se hizo con esta metodología rigurosa de comparación temprana de un grupo contra otro y, por lo tanto, otorga evidencia de que la enfermedad no avanzó debido a la administración del plasma y no por otras razones”, explicó la doctora Romina Libster, una de las autoras principales del trabajo, médica pediatra especialista en vacunas e investigadora de la Fundación INFANT.
“En marzo empezamos a pensar esto. En paralelo, se generó una lista de voluntarios para que donaran plasma. Se eligió a los que tenían más anticuerpos y se les extrajo. También salimos a buscar a los pacientes recuperados. Se los visitaba en sus casas y se los hisopaba. Los positivos eran llevados a hospitales y unos recibían placebo y otros plasma. Se monitoreaban durante 15 días, hasta el alta y se los visitaba diariamente en sus casas para ver los resultados”, describió Polack.
La investigación permitió demostrar que, al analizar la letalidad a los 28 días del ingreso, el uso de plasma de convalecientes se asoció de forma significativa a una reducción de la mortalidad del 24,4%.
Según detalló Polack, el plasma se utilizó en una sola dosis y logró funcionar en los pacientes con comorbilidades, ya que un alto porcentaje de los pacientes en los que lo probaron tenían enfermedades preexistentes: un 75% era hipertensos, un 30% eran diabéticos, y un 25% tenía enfermedades cardiovasculares.