Al parecer esto es consecuencia de que el bilingüismo vuelve a sus poseedores mucho más atentos a su entorno. Albert Costa, de la Universidad Pompeu Fabra en Barcelona, asegura que los niños que crecen en ambientes donde se hablan cotidianamente dos lenguas distintas adquieren, forzosamente, la habilidad de rastrear los cambios a su alrededor con mucho mayor detalle que otros.
Finalmente parece ser que estos beneficios no se limitan ni a la niñez ni a los años posteriores y, por el contrario, alcanzan incluso edades avanzadas. Estudiando personas ancianas que hablaban inglés y español, el neuropsicólogo de la Universidad de California, Tamar Gollan, encontró que aquellos con mayor solvencia en ambos idiomas presentaban también más resistencia al desarrollo de trastornos mentales como la demencia o el Alzheimer.
Así que más allá del indudable provecho y los muchos beneficios que hay en aprender una nueva lengua, incluso por mera salud mental valdría la pena hacerlo. Igualmente faltaría conocer si estos efectos positivos se multiplican conforme se incursiona en nuevos idiomas.