Después de varios años influenciado por La Niña y por las sequías que golpearon con fuerza al sector agropecuario, este cambio es una noticia potencialmente favorable para la producción. Mayor disponibilidad de agua equvale a mejores perfiles de humedad de los suelos, más desarrollo de los cultivos y mejores perspectivas para la soja, el maíz, el trigo y otras actividades agrícolas estratégicas para la economía argentina.
El riesgo que acompaña al beneficio: inundaciones, tormentas y eventos extremos
Sin embargo, a la vez que los especialistas hablan de más lluvias, también hablan de más riesgos. Y ahí aparece la otra cara del fenómeno. Un aumento sostenido de las precipitaciones puede ser positivo para los cultivos, pero también generar problemas cuando los acumulados superan la capacidad de absorción de los suelos o la infraestructura existente para manejar el exceso de agua.
Los antecedentes muestran que los episodios intensos de El Niño suelen incrementar la probabilidad de inundaciones en distintas regiones del país. Los sistemas fluviales vinculados a los ríos Paraná, Uruguay y Paraguay pueden registrar crecidas importantes, mientras que las zonas bajas de la región pampeana y del Litoral quedan más expuestas a anegamientos prolongados.
Recordemos la experiencia de 2015-2016, considerado uno de los más fuertes de las últimas décadas, en la que numerosas localidades sufrieron inundaciones, evacuaciones y pérdidas económicas significativas como consecuencia de las lluvias persistentes y los excesos hídricos.
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El aumento de las precipitaciones también eleva el riesgo de inundaciones, crecidas de ríos y tormentas severas. Las ciudades, la infraestructura y la salud pública podrían enfrentar mayores desafíos. Foto: NOAA
Además, un ambiente más cálido y húmedo suele favorecer una mayor frecuencia de tormentas intensas, lo cual implica más episodios de lluvias torrenciales, ráfagas fuertes y caída de granizo, que afectan tanto a las áreas rurales como a los grandes centros urbanos.
En ciudades densamente pobladas, incluyendo el AMBA, el problema no suele ser solamente cuánto llueve sino la velocidad con la que cae el agua. Si le sumamos tormentas intensas con sistemas de drenaje exigidos al límite, aparecen los anegamientos urbanos que complican la circulación, generan daños materiales y alteran la vida cotidiana.
Hoy, con un 88% de probabilidades combinadas de que el fenómeno sea fuerte o muy fuerte, la señal que llega desde el Pacífico merece atención. Para Argentina puede representar una oportunidad importante para recuperar humedad y potenciar la producción agropecuaria, pero también exige preparación frente a un escenario con mayores riesgos de inundaciones, tormentas severas y eventos extremos.
Los efectos más notorios recién empezarían a sentirse con mayor claridad desde la primavera y podrían extenderse durante buena parte del 2027. Por eso, hay que estar atentos antes de que el exceso de agua se transforme rápidamente en un problema.
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