Viajar a los destinos vacacionales europeos habituales en temporada alta implicó organizar cada salida para evitar estar afuera al mediodía, buscar alojamientos con aire acondicionado, cuando existían, y pagar un plus para lograr algo de frescura.
Dormir en un edificio antiguo del casco histórico, sin ningún sistema de refrigeración, se volvió comparable a intentar descansar dentro de un horno de barro para pizzas.
Monumentos cerrados: el calor llegó a niveles peligrosos
En junio, la Catedral de Notre-Dame restringió el acceso a sus torres, mientras que la Torre Eiffel y el Museo del Louvre, que normalmente permanecen abiertos hasta tarde, anunciaron cierres a las cuatro de la tarde.
En la Piazza Risorgimento de Roma, cerca de la Basílica de San Pedro, árboles recién plantados para dar sombra terminaron completamente quemados, y los bancos de plástico oscuro y madera quedaron inutilizables por el calor que acumulaban.
El impacto no se limitó al turismo: en distintos puntos de Europa fallaron sistemas de señalización por sobrecalentamiento, se derritió asfalto que afectó a las vías del tranvía y hubo rieles de tren deformados por las altas temperaturas.
Qué le pasa al cuerpo con un calor así
Más allá de lo evidente, la nota describe cómo el calor extremo genera confusión y desorientación física.
Durante un golpe de calor, el cuerpo necesita transpirar para bajar la temperatura, pero la piel puede quedar reseca. Al mismo tiempo, aunque el organismo necesita líquido, la persona puede quedar tan confundida que se olvida de hidratarse.
En varias ciudades europeas, además, se registraron casos de personas que terminaron metiéndose a los canales de madrugada, porque el calor quedaba atrapado dentro de sus departamentos durante la noche y les resultaba imposible enfriarse para poder dormir.
The Guardian plantea un rasgo curioso de la psicología humana: una vez que termina el verano, se recuerda que hizo calor y que fue una experiencia horrible, pero las sensaciones físicas y mentales concretas del malestar tienden a desdibujarse con el tiempo.
El cuerpo olvida hasta la próxima vez, aunque el cerebro retenga el dato de que hizo calor, no logra retener del todo la sensación.
Europa tendrá que replantearse cómo se vive el verano
El problema ya no parece ser solamente cómo soportar una ola de calor, sino cómo adaptar ciudades, trabajos y hasta la experiencia turística a veranos que pueden ser cada vez más extremos.
Buena parte de la infraestructura europea fue pensada para otro clima. Edificios antiguos sin refrigeración, grandes superficies de piedra que acumulan calor, transporte público que no siempre está preparado para temperaturas extremas y espacios urbanos con poca sombra.
La adaptación, por eso, no pasa únicamente por recomendar tomar agua o evitar el sol al mediodía. Implica revisar cómo se diseñan las ciudades y cómo funcionan durante los meses más calurosos.
También aparece una discusión más incómoda: si el verano europeo está cambiando, quizá también tenga que cambiar la forma de vivirlo. Horarios laborales adaptados, suspensión de actividades al aire libre durante las horas críticas, alertas que permitan tomar decisiones concretas y mayor preparación de los destinos turísticos.
Europa construyó buena parte de su atractivo turístico alrededor de caminar, recorrer plazas, visitar monumentos y pasar horas al aire libre.
Si las temperaturas vuelven esas actividades peligrosas durante buena parte del día, no alcanza con pedirle al turista que se adapte: las ciudades también tendrán que hacerlo.
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