Elena se presenta ante Grace en una actitud muy extraña, la besa en los labios en un ascensor, en medio de un evento de recaudación de fondos escolar, algo que deja absolutamente perpleja a Grace, quien minutos antes la había visto llorando a moco tendido en el baño del lugar.
A la mañana siguiente, Elena aparece muerta. Asesinada. Con saña. Su rostro destruido con un martillo que ella utilizaba para realizar sus obras artísticas. Jonathan desaparece. Distintas pistas van ligándolo a la escena del crimen. Cuando regresa, le confiesa a su mujer que Elena era su amante pero le asegura que él no tuvo nada que ver con el asesinato.
Allí está armado el núcleo sobre el que se desarrolla la serie. ¿Fue o no fue? ¿Le cree su mujer o no le cree? ¿Lo perdona o no lo perdona? Y, lo que es más importante, ¿le creemos nosotros o no le creemos?
Las actuaciones de los protagonistas son excelsas y la trama está muy bien construida, logrando ese efecto que suelen tener los buenos policiales: al final de cada capítulo, quedamos como adictos esperando la próxima dosis. El misterio suele tener ese efecto adictivo. Necesitamos saber más, saber quién mató a Elena.
Es raro ver a Hugh Grant lejos de su papel habitual de galán: acusado de asesinato. El cambio de eje le sienta muy bien. Como crítica, no fluye una gran química entre Kidman y Grant y eso se trasluce hasta este lado de la pantalla. Eso, sin embargo, resulta un detalle menor, porque los personajes están tan bien construidos y las actuaciones son tan buenas que es una gran elección de serie para mirar.