Pero el circo llegó a su punto máximo cuando el propio Milei proyectó la película para diputados y su Gabinete, y después escribió en X sobre la "disonancia cognitiva en el corazón woke": "Les duele mucho la película porque les presenta un espejo en el cual sale a la luz todo lo que son... casi está de más decir lo que les duele el éxito en una película sin financiamiento del Estado".
Con esta movida, Milei dejó claro que ya no se trata de cine, sino de propaganda cultural, usando a Francella y a la película como instrumento de legitimación política. La proyección oficial no fue un estreno, fue un acto de campaña: la cultura convertida en bandera, el entretenimiento en adoctrinamiento, y el público en cómplice o enemigo según su mirada política.
La Argentina reflejada en 'Homo Argentum' en 16 personajes
Homo Argentum, con Francella interpretando 16 personajes, ofrece un retrato de argentinos que va del vendedor callejero al presidente ficticio. Los críticos la acusan de presentar un país poblado por personajes "garcas, estafadores y ventajeros", mientras Milei la celebra como un espejo que refleja una sociedad incómoda para la "progresía" que desprecia lo que no entra en su narrativa.
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La película retrata argentinos corruptos y oportunistas, y Milei la celebra como espejo social. Refleja la fragmentación política y social, y el uso del cine como instrumento de agenda pública.
Saliendo de la polémica, esta discusión se enmarca en un contexto social y político profundamente fragmentado. Especialistas como Vanesa Bahur y Diana Kordon sostienen que la pandemia potenció un individualismo agresivo, erosionó la confianza en instituciones y debilitó la solidaridad cotidiana. En lugar de reconstruir esos lazos, la política se ocupa de dividir aún más, y los dichos de Nicolás Márquez y Diego Spagnuolo sobre violencia de género y discapacidad muestran una indiferencia estatal frente al sufrimiento real de los ciudadanos.
En este escenario, Homo Argentum pasa a ser una herramienta de debate sobre qué argentino queremos ser, y el gobierno lo sabe. Al proyectarla como acto político, Milei convirtió el cine en instrumento de agenda pública, enseñando que en su gestión la cultura se mide por su utilidad propagandística y no por su valor artístico.
La verdadera pregunta es si la sociedad está dispuesta a enfrentarse al espejo que muestran Francella y Cohn-Duprat, o si seguirá aplaudiendo mientras el tejido social se deshilacha y la política juega al espectáculo con la cultura.
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