Ese fenómeno tuvo este año una versión mucho más accesible. En mayo, Audemars Piguet se asoció con Swatch para lanzar Royal Pop, una colección de ocho relojes de bolsillo que recupera varios de los códigos visuales del Royal Oak, como el bisel octogonal, los ocho tornillos y la esfera “Tapisserie”, pero los traslada a una caja de Bioceramic y un movimiento de cuerda manual. En España salieron a la venta por 385 euros.
La colaboración provocó largas filas desde su lanzamiento y algunas unidades rápidamente aparecieron anunciadas por miles de euros en la reventa. Pero hubo otro detalle que llamó especialmente la atención: Swatch concibió el Royal Pop como reloj de bolsillo, por lo que distintos fabricantes y aficionados comenzaron a crear adaptadores y brazaletes específicos para llevarlo en la muñeca y transformarlo, al menos visualmente, en algo mucho más cercano al Royal Oak tradicional.
Ferran Torres celebra con España luciendo el mismo Audemars Piguet Royal Oak Ice Blue que también eligió Enzo Fernández.
FOTO: OSCAR J BARROSO / SPAIN DPPI VIA AFP
Ferran Torres, un coleccionista de primer nivel
La coincidencia con Enzo Fernández tampoco parece casual en el caso de Ferran Torres. El delantero español viene mostrando durante los últimos meses una afición cada vez más evidente por la alta relojería y el Royal Oak es apenas una de las piezas que ya pasaron por su muñeca.
Durante el Mundial apareció también con un Rolex Cosmograph Daytona de platino, referencia 126506, reconocible por su esfera azul glaciar y uno de los modelos más exclusivos del catálogo de la firma. GQ España situó su precio por encima de los 80.000 euros, mientras que especialistas del sector elevan todavía más su cotización en el mercado secundario.
Y no fue el único Daytona. Ya después de consagrarse campeón, el ex Manchester City apareció en el programa Today Show de NBC con otra versión del famoso cronógrafo de Rolex, esta vez realizada en oro blanco. British GQ destacó la elección pocos días atrás y la sumó al Audemars Piguet y al Daytona de platino que el futbolista había lucido durante las celebraciones del Mundial.
Ferran Torres luce un Rolex Daytona “Ice Blue” de platino, una pieza cuya cotización ronda los 120.000 dólares en el mercado secundario.
FOTO: FLORENCIA TAN JUN / GETTY IMAGES NORTH AMERICA VIA AFP
En apenas unas semanas, el valenciano dejó ver al menos tres relojes de altísima gama y dos de las referencias deportivas más buscadas del mundo. Todavía es difícil saber hasta dónde llega realmente su colección privada, pero sus últimas apariciones dejan algo bastante claro: Ferran presta tanta atención a lo que lleva en la muñeca como a cualquier otro detalle de su imagen.
Royal Pop: del caos en las tiendas a una reventa que empieza a desinflarse
Lo que Swatch y Audemars Piguet imaginaron como uno de los grandes lanzamientos relojeros del año terminó desbordándose desde el primer día. El Royal Pop salió a la venta el 16 de mayo exclusivamente en boutiques seleccionadas y las filas aparecieron prácticamente de inmediato en ciudades de todo el mundo. En París la policía llegó a utilizar gases lacrimógenos para controlar a la multitud, en Milán se registraron peleas y algunas tiendas de Londres, Nueva York y Singapur tuvieron que interrumpir temporalmente las ventas ante las aglomeraciones. Swatch terminó reconociendo que alrededor de 20 de los 220 locales incluidos inicialmente en el lanzamiento tuvieron problemas por el exceso de público.
El fenómeno explotó también en internet. Según la propia compañía, la colaboración acumuló cerca de 11.000 millones de impresiones en redes sociales durante sus primeros días y convirtió rápidamente un reloj de alrededor de 400 euros en objeto de especulación. En las primeras jornadas aparecieron anuncios en Chrono24 por hasta 5.000 euros, mientras en España Wallapop, Vinted y Milanuncios se llenaron de vendedores que pedían alrededor de 1.500 euros e incluso cifras bastante superiores. El problema es que una cosa era publicar esos precios y otra muy distinta conseguir compradores dispuestos a pagarlos.
Los datos de operaciones reales mostraron una fiebre igualmente importante, aunque bastante menos disparatada. StockX registró inicialmente un precio medio cercano a los 1.351 dólares por unidad, más de tres veces su valor oficial, mientras los juegos completos de ocho relojes se vendieron en promedio por unos 9.476 dólares. Apenas 24 horas después del lanzamiento, sin embargo, las cotizaciones ya habían empezado a caer.
Y dos meses después la tendencia es todavía más evidente. En agosto, WatchCharts sitúa buena parte de los Royal Pop alrededor de las 700 libras en el mercado secundario, con referencias que se mueven aproximadamente entre 400 y 800. Siguen valiendo más de lo que cuestan en tienda, pero quedaron muy lejos de aquellos anuncios de varios miles que acompañaron el frenesí inicial.
El Royal Pop de Swatch y Audemars Piguet lleva la estética del mítico Royal Oak a una versión mucho más accesible, exhibida en vitrinas por 385 euros.
FOTO: RICCARDO MILANI / HANS LUCAS VIA AFP
Ahí aparece además la principal diferencia con una verdadera edición limitada. Swatch aseguró desde el comienzo que no piensa fabricar una única tanda: la colección continuará disponible durante varios meses y seguirá llegando a boutiques seleccionadas, con un límite de una unidad por persona, tienda y día. La marca no anunció fechas concretas para cada reposición, por lo que conseguir uno todavía depende del stock que vaya recibiendo cada local, pero el mensaje apunta precisamente a enfriar la especulación: no hace falta pagar varias veces su precio oficial porque seguirán entrando unidades al mercado.
De pieza revolucionaria a objeto de culto entre los futbolistas
Mucho antes de aparecer en las muñecas del ex River y Ferran Torres, el Royal Oak ya había protagonizado su propia revolución. La historia comenzó en abril de 1970, cuando Audemars Piguet le encargó a Gérald Genta imaginar un reloj deportivo de lujo diferente a todo lo que existía hasta entonces. El diseñador suizo resolvió el desafío prácticamente de un tirón: realizó el primer boceto durante la noche del 10 al 11 de abril y, después de dos años de desarrollo, aquella idea terminó presentada en la Feria de Basilea de 1972.
El resultado fue el Royal Oak 5402, rápidamente apodado “Jumbo” por sus 39 milímetros, un tamaño enorme para los estándares de aquellos años. Tenía brazalete integrado, tornillos visibles y un bisel octogonal inspirado en la estética industrial y marítima que Genta había trabajado a partir de la imagen de un buzo. Pero la provocación más grande estaba en otro lado: estaba hecho de acero inoxidable y Audemars Piguet decidió tratar ese material con el mismo cuidado que hasta entonces se reservaba al oro.
La apuesta también se trasladó al precio. En 1972 salió al mercado por 3.300 francos suizos y se convirtió en el reloj de acero más caro del mundo. La cifra era tan disruptiva que incluso superaba a algunos modelos de oro de la propia manufactura, algo prácticamente impensado para la relojería de aquella época. La marca terminó utilizando esa aparente contradicción como argumento comercial: la dificultad para trabajar el acero, los acabados manuales y el calibre ultraplano justificaban un valor que ya no dependía únicamente del metal precioso utilizado.
El modelo también ayudó a borrar una frontera que hasta entonces parecía bastante rígida. Un reloj podía ser elegante o deportivo, pero difícilmente las dos cosas al mismo tiempo. Piguet convirtió esa mezcla en parte de su identidad y abrió un camino que después siguieron otras grandes casas: pocos años más tarde, el propio Genta diseñaría para Patek Philippe el Nautilus, otro de los grandes símbolos actuales del reloj deportivo de lujo.
Más de medio siglo después, aquella provocación de acero terminó convertida en un código de estatus reconocible prácticamente a distancia. Y ahí se entiende mejor por qué aparece una y otra vez alrededor de las estrellas del fútbol: no es solamente un reloj caro, sino una pieza con una historia que cambió la manera en la que la industria entendía el lujo. Enzo y Ferran simplemente forman parte de una generación que terminó llevando a la muñeca aquello que en los setenta parecía una extravagancia.
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