Exdirector de una granja colectiva soviética, Lukashenko gobernó el país desde 1994 pero enfrentó una oleada de indignación por su manejo de la pandemia del COVID-19, de la economía y los derechos humanos.
Los sondeos a boca de urna aprobados por el estado mostraban que ganaría con el 79,7% de los votos, mientras que su principal opositora, Svetlana Tikhanouskaya, una exprofesora de inglés desconocida hasta que hace unas pocas semanas lideró protestas contra él, recibió 6,8%.
Tikhanouskaya entró a la carrera después que su esposo, un bloguero opositor al gobierno que quería competir en los comicios, fue encarcelado.
A todo esto los observadores extranjeros no verifican elecciones libres y justas en Bielorrusia desde 1995.
“Espero que las fuerzas del orden entren en razón y se pongan del lado de la gente, de forma que la madrugada en Minsk termine sin derramamiento de sangre”, dijo Veronika Tsepkalo, esposa de un candidato vedado que respaldó a Tikhanouskaya.
Una dura respuesta a nuevas protestas podría perjudicar los intentos de Lukashenko para acercarse a Occidente ante las tensiones con su aliado tradicional, Rusia, que trató de presionar a Bielorrusia para una unión económica y política más estrecha.