La democracia duradera proviene del bienestar, que es hijo del trabajo, la seguridad, la justicia y la educación que, junto al régimen tributario, es el camino correcto hacia la equidad. No hay misterios y es descabellado que formularlo resulte para algunos, reaccionario.
Dado que estos conceptos básicos están trastabillando, la democracia representativa puede estar complicándose aún cuando mucha gente vaya, todavía, a las urnas. Pero a no engañarse, las urnas son la representación fáctica de la democracia pero no la democracia en sí misma, que es un acontecimiento anterior y consiste en la aceptación de un sistema sociocultural que contenga a todos y para todos.
Pero hay gente que prefiere afirmar que está todo bien. Son los mismos que dicen que la inflación no es grave cuando está enviando a la pobreza a cientos de miles de hogares argentinos cada mes.
Hay gente que prefiere afirmar que hay trabajo suficiente y que la sociedad no se encuentra desencantada -más allá de la pandemia-, por las pobres respuestas de la Administración Fernández a los grandes desafíos que le impuso el fracaso atroz del caprichoso Mauricio Macri.
Hay gente afirmando que si Alberto los vacuna, vuelven a votarlo, una mala interpretación que hizo cierta consulta de la opinión de sus consultados.
El desorden es preocupante, y antes de que surjan las amenazas y los reclamos, de un lado y del otro, es legítimo y hasta esperanzador advertir que puede haber un riesgo sistémico no muy lejos en el camino.
Longobardi no hizo una apología de la interrupción institucional. Longobardi advirtió que por este camino puede haber situaciones dramáticas. Y esto es correcto, a menos que uno sea el peor de los ciegos, el que no quiere ver.
Algunos se apresuraron a afirmar que Longobardi está diciendo que hay un golpe en marcha. No, la democracia está en peligro en un horizonte no tan lejano culpa de la ausencia de respuestas de los líderes democráticos a los problemas de sus representados. No es asesinato, es suicidio.
Por supuesto que, además, están los imbéciles. Los que se rasgan las vestiduras porque no pueden tener un debate más o menos interesante acerca de hacia dónde va la sociedad. Que se niegan a analizar las estadísticas que producen los institutos de investigación gubernamentales. Y que en nombre del mal llamado 'progresismo' cometen el peor de los errores, el de la necedad.
Pero es imposible no participar de la pequeña reflexión de Longobardi y, además, no escandalizarse de que la sociedad sea tan frágil que no tolera un disenso. Pues bien, una sociedad que no tolera un disenso es, precisamente, una sociedad en la que está en peligro su sistema de relaciones, que es la base de su supervivencia.