La gata y la soledad
Tiene 74 años. Crió a 5 hijos, y los nietos, salvo uno, viven muy lejos para ir a visitarlos o que la visiten, por lo que padece más intensamente el denominado sindrome del nido vacío. La gata lo estuvo mitigando durante todos esos años, y de repente ya no estaba ni estaría más. Sólo ella, abrazada a su enorme soledad.
La familia participó del duelo, pasó más tiempo con ella, pero aún así no podía superar esa sensación de vacío que la dejaba sin aliento, sin ganas de comer, ni de salir (pese a que le llovían invitaciones) y seca de lágrimas aunque no de ganas de llorar y llorar.
Se sumió en un estado depresivo que inquietó a sus hijos más cercanos, que sentían impotencia para ayudarla a emerger del pozo anímico en que se había abandonado.
En una sociedad individualista, la soledad devora a quienes se les pasó el cuarto de hora y afrontan pasivamente el paso de los años.
Aún así Lidia integra el colectivo compuesto por un 75% de argentinos que conviven con un perro o gato, que trata como a un hijo, y un 94% que lo considera parte de su familia.
Casi un gato promedio por habitante de CABA
En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), 368.176 gatos viven en hogares, una población que creció un 25% en los últimos cinco años. Si se les suman los perros se contabilizan más de 860.000, número que supera ampliamente la cantidad de niños y adolescentes de hasta 14 años porteños, de acuerdo con el último censo oficial.
No se tienen datos de qué porcentaje convive con adultos mayores haciéndoles compañía.
Si se tiene en cuenta que hay alrededor de 530 mil a 550 mil adultos mayores de 65 años en CABA, según el Censo 2022, y que representan el 17,7% de la población total de unos 3.121.000 habitantes, el promedio aritmético sería 0,67 gatos/personas +65.
Como muchos adultos mayores viven solos o en departamentos, puede inferirse que los gatos son mascotas ideales para ellos por ser más independientes que los perros y constituir, por eso, una compañía más pasiva pero profunda.
Percepción aguda
Los gatos perciben de las personas emociones, cambios en el estado de ánimo (como tristeza o estrés), el tono de voz y el lenguaje corporal, observaciones que les permite identificar a la gente confiable, tranquila o incluso detectar enfermedades.
Detrás de su penetrante mirada poseen una aguda sensibilidad para analizar gestos sutiles, la energía de la casa y el aroma.
Si lo sabrá Lidia, que la extrañaba con todo su corazón desde el mismo momento de la partida. Y le vino la nada después del ajetreo que le había representado consagrarse a atenderla durante los aproximadamente dos años que insumió la lenta extinción. Quedó exhausta.
Pero, a la vez, se sentía ampliamente compensada por el recuerdo de su gata, por el aporte afectivo y de compromiso que recibía de ella y le mejoraba su calidad de vida. Aún así, la ausencia física del animalito la sumergió en un pozo y la hizo cuestionarse sobre su rol en esta parte de la vida: ya no estaría para prodigarle amor incondicional y calma.
Cinco meses de ausencia
Habían transcurrido cinco meses sin su gata y se sentía atrapada e inmovilizada. Sin ganas de nada. Hasta que su hija mayor recordó una película de los ´70 de esas que directamente arrebatan llanto, llamada Harry y Tonto, y se le prendió la lamparita.
El protagonista de este conmovedor y emotivo filme, escrito y dirigido por Paul Mazursky, era un hombre que se había jubilado y quedó solo con su gato, al que llevaba a todos los lugares donde evocaba recuerdos, y se los relataba con fruición. El animal parecía entender cada palabra, en su acepción y carga emocional. Y era en consecuencia mucho más que una compañía.
Tonto (era el nombre del gato) se muere y Harry, su dueño, entonces deambulaba solo por las rutinas compartidas con su compañero, hasta que un día, en una de las fuentes en cuyo borde se sentaba para narrarle de su vida, vio un gato jovencito, muy parecido, que se lo representó y empezó a llamarlo: "Tonto, Tonto", así logró que se le acercara, le colocó el collarcito que usaba el suyo y lo adoptó. Desde entonces fue como si revivido.
La hija de Lidia la entusiasmó con traerle una gatita siamesa de 4 meses, muy parecida a su Rita, que ofrecían en las redes sociales, y como a Harry, el de la película, le volvió el alma al cuerpo.
Se le iluminó el semblante. Le compró todo el ajuar: la camita, los recipientes para comer y beber, una fuente para que tomara del chorrito de agua, y esperó ansiosa el día en que irían a buscarla a una alejada localidad del conurbano bonaerense.
Es indescriptible cómo cobró vida esa mirada apagada, que no se le iba desde la pérdida de su gata, en el mismo instante en que extendió los brazos para que le dieran a la émula y la acunó como a un bebé.
Fue el preciso momento en que Lidia regresó del limbo en que quedó atrapada. De Rita permane el vivo recuerdo. Pero, en lo sucesivo, la joven sucesora, Lola, será su nueva compañera.