En esta sociedad moderna y compleja, se ha vuelto común identificar a ciertos niños como en riesgo de fracaso debido a las dificultades que enfrentan en su infancia.
Por un lado, la pobreza, la violencia, el abuso de sustancias, la disonancia familiar y la enfermedad representan algunas vulnerabilidades potenciales para el crecimiento de los niños y extreman el riesgo de que se tornen disfuncionales hasta el punto de ser incapaces de mantenerse a sí mismos o de establecer relaciones gratificantes con los demás.
Hay, sin embargo, niños que, en este contexto, triunfan a pesar de la adversidad y son resilientes; poseen ciertas fortalezas y se benefician de factores protectores que les ayudan a superar las condiciones adversas y a prosperar.
Guerras, persecuciones y hambrunas
Las corrientes inmigratorias que llegaron al país durante las guerras, persecuciones y hambrunas en Europa estaban urgidas por asegurar un plato de comida y abrigo, que sólo el laburo les podía proporcionar.
Pero una vez cubiertas esas prioridades vitales necesitaron una más amplia inserción social, que la educación de los hijos les proporcionaría.
Los mandaban al colegio con la máxima aspiración de que terminaran el secundario y recibieran un título técnico que los habilitara a entrar en una fábrica o a aprender oficios.
En los casos más acomodados, la aspiración era que el hijo siguiera la universidad y colgara el cuadro con un título de doctor en el comedor de la casa.
Era muy raro encontrar jóvenes que tuvieran vocaciones, cuando cursaban estudios era con fines prácticos de una salida laboral.
La supervisión adulta era mínima comparada con la actualidad; los niños pasaban gran parte del día resolviendo sus propios conflictos en la calle, asumiendo responsabilidades domésticas desde edades tempranas y gestionando el aburrimiento sin pantallas de por medio.
Enfrentarse a dificultades moderadas de forma autónoma (como volver solos a casa o negociar reglas en un juego sin mediación de los padres), les hicieron fortalecer su adaptación a largo plazo y desarrollar habilidades clave como la tolerancia a la frustración y una autorregulación emocional.
El rasgo común era un afán de progreso que se materializaba con horas y horas de trabajo esforzado que a la larga les valió, a muchos de ellos, afecciones físicas y mentales, pero también persistentes sentimientos de fracaso personal.
Adultos mayores baby boomers son una generación emergente de inmigrantes europeos que huían de guerras y hambrunas de la primera mitad del siglo XX.
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Con el correr de los años, a muchos de ellos que lograron estabilidad económica para su familia les picó el bicho de la asignatura pendiente, terminaron los estudios secundarios y se anotaron en facultades.
No obstante, el resquebrajamiento de la institución familiar fue el más dañino porque sembró el sindrome de la culpa y el individualismo.
Paraguas de la clase media
Así y todo, transcurrida la década de los 70, de las grandes mutaciones, los adultos emergentes se guarnecieron bajo el inmenso paraguas de la clase media en Argentina e incubaron una generación Z que se miraba en su espejo, lleno de trastornos depresivos y psicológicos, y curada de espanto aprendió a poner límites, aunque intrínsecamente.
Es que tanto millennials como generación Z crecieron en entornos altamente controlados por los adultos, que intervienen con rapidez para evitarles cualquier tipo de malestar o fracaso.
Si bien esta protección nace de una intención positiva, algunos expertos advierten sobre las consecuencias negativas que se pueden llegar a desencadenar.
La falta de desafíos reales en la infancia actual, por ejemplo, podría estar limitando el desarrollo de herramientas emocionales fundamentales.
Cada vez es más común observar dificultades en los jóvenes para aceptar un “no”, respetar figuras de autoridad o gestionar la frustración, conductas que preocupan a educadores y familias por igual.
Contemporáneos
El filósofo y sociólogo alemán Karl Mannheim, en su ensayo The Problem of Generations, sostuvo que las personas nacidas en un mismo periodo no solo comparten la edad, sino también una serie experiencias históricas y sociales que influyen en su manera de pensar y ver el mundo.
Entre las generaciones más actuales se encuentran la generación X, Y, Z y, la más reciente, la generación Alfa.
La escala de las generaciones desde los baby boomers hasta la alpha.
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La generación del milenio vive con la etiqueta de ser perezosa, narcisista y consentida. De hecho, la revista Time los catalogó en 2014 como la generación del yo-yo-yo. Sin embargo, nada dista más de la realidad.
Lo que la generación millennial busca son mayores herramientas para alcanzar sus metas en todos los ámbitos de su vida.
Con edades comprendidas entre 8 y 23 años, la generación Z o postmillennial ocupará el protagonismo dentro de unas décadas.
También catalogados como centenial,por haber venido al mundo en pleno cambio de siglo —los mayores son del año 1995 y los más pequeños nacieron en 2010—, llegaron con una tablet y un smartphone debajo del brazo.