Los voluntarios también documentaron regularmente su hambre y apetito, proporcionaron pequeñas muestras de sangre frecuentes a lo largo del día y se les midió la temperatura corporal y el gasto de energía.
Los resultados revelaron que comer más tarde tuvo efectos profundos sobre el hambre y las hormonas reguladoras del apetito, la leptina y la grelina, que influyen en el impulso por comer.
Los niveles de leptina, que es la que indica la saciedad, se redujeron a lo largo de las 24 horas cuando comieron tarde, en comparación con las condiciones de alimentación temprana.
En segundo lugar, se quemaron calorías a un ritmo más lento y, por último, exhibieron la expresión del gen del tejido adiposo hacia un aumento de la adipogénesis y una disminución de la lipólisis, lo que promueve el crecimiento de grasa.
Los hallazgos confirman a una gran cantidad de investigaciones previas que habían sugerido que comer más tarde puede aumentar la probabilidad de desarrollar obesidad. Ahora, el equipo planea reclutar a más participantes para poder generalizar los resultados.
“Este estudio muestra el impacto de comer tarde versus comer temprano. Aquí, aislamos estos efectos al controlar variables de confusión como la ingesta calórica, la actividad física, el sueño y la exposición a la luz, pero en la vida real, muchos de estos factores pueden verse influenciados por el horario de las comidas”, advirtió Scheer.
La investigación fue publicada en la revista Cell Metabolism.
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