El culto al horror en las tribunas
Mladic fue el comandante militar del ejército bosnioserbio responsable de atrocidades imborrables, incluyendo la masacre de Srebrenica en 1995. La exhibición de pancartas y cánticos en su honor no representa una simple manifestación de aliento, sino una apología directa al exterminio y a la violencia que desangró a los Balcanes.
Resulta inadmisible que las gradas sigan utilizándose como plataforma de propaganda política nefasta. El ensalzamiento de un genocida atenta contra la memoria de miles de víctimas y revictimiza a las familias que sufrieron el horror. No hay lugar para la glorificación del odio en ningún recinto donde se practique deporte.
Inacción institucional y complicidad
La pasividad con la que las autoridades del club y los organismos reguladores presencian estas manifestaciones es una forma de complicidad. A pesar de los repetidos episodios de extremismo en la hinchada serbia, las sanciones impuestas hasta el momento han demostrado ser insuficientes para frenar el avance de la ideología ultranacionalista.
El fútbol europeo debe aplicar un castigo ejemplar y contundente de forma inmediata. Si los dirigentes prefieren mirar hacia otro lado mientras se rinde culto a masacradores, las federaciones internacionales tienen la obligación de intervenir sin contemplaciones. La impunidad en las tribunas debilita los valores fundamentales del deporte.
Un límite moral traspasado
Es necesario trazar una línea firme ante semejante atrocidad. Adorar a un criminal de guerra condenado a cadena perpetua no es pasión ni folklore futbolero; es una provocación miserable que degrada la dignidad humana. El deporte no puede tolerar que la barbarie se camufle entre banderas y cánticos de cancha.
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