-Fue una cuestión interna. Me empecé a dar cuenta que era grande. Tenía casi 30 años y no había tenido una carrera. Había empezado abogacía, la había abandonado en la mitad y me faltaba un año para terminar el profesorado de historia, castellano y latín. Yo quería ser actor pero el esquema del teatro independiente no permitía vivir. Y tuve el clic cuando me di cuenta que podía escribir. No me gustaba mucho, a mí me gusta actuar. Escribir es un laburo para mí. Pero tenía facilidad para hacerlo y posibilidades de escribir obras para chicos, monólogos humorísticos, no sólo para mí, si no para quien me los encargue.
En esa época conoció a Andrés Percivale, se hicieron muy amigos y lo llevó a trabajar en televisión como guionista. “Me dijo ‘vos tenés que vivir de los que hagas, no tengas culpa’. En el teatro independiente se consideraba que si hacías televisión o algo comercial te estabas hundiendo y perdías tu ética. Empecé a madurar la idea. Me tenía que ir de la casa paterna e intentar vivir de la profesión. Y pasados los primeros años de zozobra donde buscaba mi lugar escribiendo para televisión y espectáculos infantiles, tuve la suerte de incorporarme al café concert pero de manera profesional. En el ’73 estrené mi primer unipersonal: Historias recogidas y a partir de ahí hasta ahora siempre viví de mi profesión. Y eso se lo debo al monologuista y al humorista”.
En los finales de los ’60 y comienzos de los ’70 empieza en café concert en Buenos Aires, donde los actores sin antecedentes podían darse a conocer. “Eran lugares muy pobres, pero muy sofisticados. Y el status de la clase de media de esos años permitía que una persona dijera ‘¿quiénes son estos chicos?’, viniera a sentarse en un barril con un whisky medio berreta y le cobraran la entrada más cara que la de un teatro.”
Muchos actores como Pinti lo usaron como trampolín para hacer sus experiencias. En esos ámbitos se usaba mucho el monólogo y la sátira social (“no tan política porque eran épocas de dictadura”, recuerda). “Yo lo empecé a hacer porque tenía condiciones y era mi única salida laboral. Sabía escribir, tenía sentido del humor y me gustaba hacer reír a la gente. Pero no fue una elección tan libre, vino por una cuestión de mercado laboral. Y desarrollé durante muchos años este perfil que me ha hecho conocido y feliz, pero que también me ha etiquetado”.
La efeméride
Alguien de su talla actoral no podía bajarse del escenario, sino para cada año salir a las tablas en la celebración del Día Mundial del Teatro, que tanto amó; izó el telón y salió a escena encarnado en la institución que le robara el corazón hasta dejarte sin latidos.
Desde 1954, el Teatro de las Naciones de París comenzaba su temporada el 27 de marzo. Enmarcado en un evento de singulares características por su magnitud y relevancia, auspiciaba la buena convivencia entre países una vez finalizada la Segunda gran Guerra.
El Instituto Internacional del Teatro, institución que lidera hasta la fecha, tanto la realización como los eventos que ponen en valor el Día Mundial del Teatro, es la organización artística de mayor extensión, no sólo en número, sino en reconocimiento y convocatoria. Creada en 1948 por artistas, expertos teatrales y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) se erige como una Asociación Civil sin fines de lucro.
La búsqueda fue indudablemente, acertada. Nadie ignora que el arte congrega, que el arte es capaz de acercar lo lejano y lo opuesto, y de convocar a los más diversos universos del pensamiento, de los sentires y de las ideologías. En el teatro, quien se lo propone, puede asistir a la confluencia una diversidad hermanada en el fluir de las emociones y en el estallar del aplauso.