Pero su salto más explosivo llegó en 1995 con Batman eternamente, película donde su versión del Caballero de la Noche era serio, introspectivo y con una presencia imponente. Aunque la película tuvo críticas divididas, nadie puede negar que Kilmer le puso toda la onda. Lo loco es que después contó que usar el traje era una tortura: apenas podía moverse o hablar con sus compañeros, lo cual le hizo replantearse si quería seguir en el papel.
Otro de sus papeles legendarios fue en la película de 1993 Tombstone, donde la rompió como Doc Holliday, un pistolero enfermo de tuberculosis pero con más actitud que todo el Viejo Oeste junto. Su interpretación en este filme es considerada una de las mejores de la historia del western, e incluso muchos creen que Hollywood le quedó debiendo un Oscar. También fue parte de Fuego contra fuego de 1995, compartiendo pantalla con Al Pacino y Robert De Niro en una de las mejores películas de acción y crimen de los '90.
Kilmer fue un actor intenso, talentoso y, según dicen, bastante difícil de tratar en los rodajes. Pero eso es parte de lo que lo hacía único. Vivía para actuar y no le importaba caer bien o mal, mientras pudiera dejar su marca en el cine. Hoy se va un grande, pero su historia queda más viva que nunca.
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