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Rasputín, la antesala del asesinato de los Romanov | GENTILEZA FOTOMONTAJE
Pero la cercanía de Rasputín con la familia Romanov le valió a los zares no solo el descontento del pueblo, sino también la desconfianza de los nobles y de la Corte, especialmente durante la Primera Guerra Mundial. Tanto el pueblo ruso como la aristocracia creían que Rasputín era un espía alemán cuyo propósito era intervenir en los asuntos políticos del imperio.
La zarina pedía erigirse con poder al zar, su esposo
Un libro que recopila cartas y diarios de la familia real Romanov retrata los últimos meses de sus vidas antes de su ejecución, ocurrida hace ya más de cien años.
“Querido mío, ¡sé firme! ¡Muestra tu mano poderosa, es lo que necesitan los rusos! Tú nunca has perdido la oportunidad de demostrar amor y bondad; ahora, dales a sentir tu puño”, escribió de puño y letra la última zarina, Alejandra Fiódorovna, en una carta dirigida a su esposo, el zar Nicolás II, el 22 de febrero de 1917, en pleno levantamiento previo a la Revolución de Octubre y pocos días antes del arresto de la familia por parte de los bolcheviques.
Finalmente, luego de la agonía del encierro durante cuatro meses y medio, los zares, su hijo heredero Alexéi y sus cuatro hijas —María, Olga, Tatiana y Anastasia—, junto con tres sirvientes y el médico de la familia, fueron fusilados durante la noche del 16 al 17 de julio de 1918 en Ekaterimburgo, el tercer y último lugar de su cautiverio, tras haber pasado por Tsárskoye Seló y Tobolsk, en Siberia.
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La última zarina del Imperio ruso | FOTO DE ARCHIVO
En ese sentido, la ejecución de la familia real fue considerada por León Trotski “no solo racional, sino indispensable; no para intimidar, aterrorizar o quitar la esperanza al enemigo, sino para sacudir a nuestras filas, demostrar que no habría retirada y que por delante solo estaba la victoria absoluta o la muerte”.
Sin embargo, el líder bolchevique Yákov Sverdlov, responsable directo de la ejecución de los Romanov, habría recibido la orden de matar del propio Lenin, quien “creyó que no podíamos dejar ningún emblema vivo, especialmente en la difícil condición actual”, con el Ejército Blanco acercándose a Ekaterimburgo.
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El Zar Nicolás y su esposa | IMAGEN DE ARCHIVO
En cuanto al temperamento del zar y la zarina, según las palabras del primer ministro de aquellos tiempos turbulentos, Aleksandr Kérenski, ambas personalidades eran muy distintas. Así lo pudo percibir durante sus visitas a la residencia-prisión de Tsárskoye Seló:
“Al final —dice—, entendí que nadie ni nada interesaba al exzar excepto sus hijos. Su indiferencia hacia el mundo exterior me parecía casi artificial. Nunca quiso luchar por el poder que había caído en sus manos. Se quitó ese poder como quien se quita el traje de ceremonia para ponerse el de casa”.
Kérenski añade:
“Todos los que le conocían en su posición de prisionero admitían que Nicolás II siempre estaba de buen humor y disfrutaba de su nuevo modo de vida. Cortaba leña y la apilaba en el parque. Trabajaba en el jardín, paseaba en lancha y jugaba con sus hijos”.
Sin embargo, quien estaba menos feliz era la zarina, a quien el premier describe como una mujer “soberbia, severa y majestuosa”.
Alejandra Fiódorovna “pasaba un tiempo difícil por la pérdida del poder y no podía resignarse a su nueva posición. Tenía ataques psicóticos y a veces sufría parálisis facial. Afligía a todos con infinitas conversaciones acerca de sus desgracias y su cansancio, con un enfado irreconciliable. Las mujeres como ella nunca olvidan ni perdonan nada”, señala Kérensky.
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