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Desidia, la bengala que sigue quemando

La mecha que encendió la muerte por desidia de la política del 2001, estalló el 30 de diciembre de 2004, en República Cromañón.

La tragedia de Cromañón se considera el mayor desastre no natural sucedido en la Argentina. La efeméride aflora hoy, 30/12, en un contexto repetido: un país en eterno dejavú. Están presentes aun en la diacronía denominadores comunes: el fuego que todo lo devora; la desidia de la gestión del Estado, la inobservancia de las normas de higiene y seguridad pública y privada, la bestial idiosincrasia del “atarlo todo con alambre”, y una infraestructura y desarrollo tecnológico magro, escuálido e insuficiente a la hora de resolver problemáticas coyunturales, suavizadas con el apelativo de accidente, caso fortuito, fuerza mayor, es decir, mediante la positivización de la estupidez, que conjugada a la ignorancia, obligan a transitar por terrenos minados:

  • en el caso de la tragedia de Cromañón, sin puertas auxiliares para salidas de emergencia, sin espacio reglamentario para albergue de los parroquianos, sin matafuegos regulados bajo las normas correspondientes ni probados fehacientemente, ni aprobados.
  • En el caso del horror del fuego que se está fagocitando nuestra Patagonia: con sólo 3 aviones hidrantes, con mangueras que son deglutidas por las llamaradas… (desde 2017 se encuentra pediente la compra de 3 aviones rusos altamente capacitados similares a los que tiene Chile... ¡5 años de mora!).

Y en medio de tales imprudencias, de excusas, de desvergüenzas y de falta de inversión (ya que los fondos se destinan a pagar el eterno carnaval carioca de los gobernantes de turno y de su séquito de cortesanos), la gente, que se suma a la desidia de los de arriba y se pretende campamentista sin tener manejo prudente del fuego; arrojando colillas al viento, que no concientiza que ese mismo fuego que le fuera abrigo y combustible para la cocción de los alimentos debe ser apagado en su completud, para proteger el ecosistema que nos contiene y sostiene vitales. La gente, despellejados al estilo ninivita; la gente desierta de todo; la gente a quienes no se educa en el arte de la vida porque son invisibles, excepto en tiempos de campañas políticas.

El dolor que no sirvió para nada

Callejeros, una banda musical con cierto tinte contestatario módico se dispuso a dar una serie de recitales los días 28/29/30 de 2004, en el local República de Cromañón. Si bien todo estaba preparado para que el día 30 fuera un festival, similar a los recitales anteriores, una bengala apuntada al techo, construido casi en su totalidad con material inflamable, desató una verdadera pesadilla. Este desastre se cobró la vida de 194 víctimas, la mayoría adolescentes, a la vez que dejó a miles en el hospital.

El detalle acabado de lo acontecido se encuentra en la obra literaria titulada 'Cromañón, la tragedia contada por 19 sobrevivientes': se narra la epopeya de algunos de sus protagonistas, sus miedos y expectativas pero por sobre todo la fuerza que necesitaran para salir adelante y rehacerse 'a posteriori' del incendio.

El sentido de la muerte confiere a las víctimas un grado extremo de sacralidad, la lucha tiene un objetivo, la justicia. El libro explora la geografía del rock, sobre todo en los jóvenes que seguían a Callejeros, la previa, los gustos musicales, la pasión que todos en mayor o menor medida sienten por el fútbol, buscando, entre otras cosas, satisfacer las mismas necesidades, en las cuales Callejeros servía de satisfactor.

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¿Qué era ser Callejeros?

"Nada. Ser locos por los asados, fanáticos del fútbol, valorar muchísimo la amistad, estar todos pendientes de todos para que ninguno se perdiera el show, disfrutar cada momento tal como éramos”. La última frase escrita con cierta nostalgia marca, en un sentido amplio, una ruptura, “como éramos” no solo representa el pasado sino uno traumático. La pregunta central, es ¿qué situación ha marcado ese cambio?, el trauma. Ese sentimiento de trauma está marcado por una festividad, por la alegría que implicaba “seguir a Callejeros” a todos lados, escuchar su música y sus canciones.

La tragedia contada por 19 sobrevivientes evidencia la resistencia del rock-chabón respecto del statu-quo, sobre todo su imposibilidad de ser un movimiento manipulado políticamente Este segmento de la música parece tener actitudes contestatarias respecto a la política moderna, del anonimato, del no-compromiso.

No obstante, un abordaje más cercano nos revela que estos chicos se encuentran comprometidos con una causa no política desde el punto de vista partidario. Las banderas, los festejos, y el rock son también signos que distingue la identidad callejeros de otras formas de rock. La apatía es producto de una sensibilidad previa por la cual se acusa a un Estado-ausente incapaz de suplir las necesidades de los demás. Esta nueva forma de hacer política post diciembre 2001, no se caracteriza por ser a-política sino a-partidaria.

MARCAS DE UNA TRAGEDIA: LA HISTORIA DE UNA SOBREVIVIENTE DE CROMAÑÓN - Telefe Noticias

¿Por qué a mí?

¿Por qué a nosotros?, este dilema que luego del duelo es sublimada en forma de lucha política activa, toma a la corrupción política y la pone sobre la mesa como la causa central del desastre, de la muerte masiva de cientos de jóvenes que como ya hemos indicado, no estaban preparados para morir ese día y en ese lugar.

El sentido de la muerte confiere a las víctimas un grado extremo de sacralidad, la lucha tiene un objetivo, la justicia. En este sentido, no existe proceso de sacralización de los muertos, sin una previa concepción de conflicto con el poder existente. Sin este conflicto latente recanalizado hacia objetos externos al grupo para evitar el sentimiento de culpa, el grupo tiende a disgregarse.

¿Cómo puede defenderse el ecosistema de la desidia?

Me temo que el único instrumento con el que cuenta el planeta sufriente y quemante es la humanidad; pero, como pudimos ver en el detalle de la efeméride de Cromañón, la humanidad compite por ver quién enciende la bengala más flagrante, quien la arroja más lejos, quién la tiene más grande. He aquí, en la multiplicación de la desidia, es donde se cumple la Teoría del Derrame. Ahí, únicamente.

Dicen los que sufrieron en carne propia la quema de sus propios libros, que “la mejor prosa no surge de la herida, sino de la cicatriz".

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