En el momento en que puso un pie en Versalles, a sus 18 años, cuando se casó con el rey, su vida privada se convirtió en dominio público. Pronto se conocieron sus fiestas y reuniones, donde abundaba el derroche. Le gustaba jugar al billar y a las cartas, en juegos donde apostaba grandísimas cantidades de dinero.
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María Antonieta, símbolo de la decadencia de la monarquía francesa.
Pero, tras años de lujos y de una vida de excesiva opulencia, María Antonieta, en 1791, en medio del apogeo de la Revolución Francesa, fue capturada en Varennes, tras un intento fallido de huida con su familia. Fueron divisados huyendo en un carruaje que destacaba por el oro. Ocurrió a dos años de la toma de la Bastilla y en pleno auge de las ideas de la Ilustración (igualdad, fraternidad y libertad).
En su cautiverio en la prisión del Temple, los revolucionarios le permitieron enviarle una carta a su cuñada. “Es a vos, hermana mía, a quien yo escribo esta última vez. Acabo de ser condenada, no exactamente a una muerte vergonzosa, eso es para los criminales, sino que voy a reunirme con vuestro hermano. Inocente como él, yo espero mostrar la misma firmeza que él en sus últimos momentos. Estoy tranquila como se está cuando la conciencia no tiene nada que reprocharnos, tengo un profundo dolor por abandonar a mis pobres hijos, vos sabéis que yo no vivo más que para ellos, y vos, mi buena y tierna hermana, vos que por amistad habéis sacrificado todo por estar con nosotros, ¡en qué posición os dejo!”, decía en la carta.
En 1793, finalmente fue juzgada por un Tribunal revolucionario, el cual la sentenció a la guillotina, tal como a su marido, el rey Luis XVI. A las cuatro de la mañana de aquel 16 de octubre, le leyeron el veredicto de condena de muerte y le preguntaron si tenía algo que decir. María Antonieta negó con un simple movimiento de cabeza.
Antes de enfrentar el destino de muerte en la Plaza de la Revolución -hoy Plaza de la Concordia-, le cortaron los cabellos con una navaja y el verdugo Henri Sanson -el hijo de quien había ejecutado al rey- se quedó con un mechón de ella.
Al pie de la escalera donde estaba montado un escenario con la guillotina, María Antonieta le pidió perdón al verdugo por pisarle el pie. Luego, miró el Temple donde estaban recluidos su hijo y su hija, y lanzó unas últimas palabras. “Adiós, queridos hijos, voy a reunirme con vuestro padre”, dijo.
El hijo menor, Luis Carlos, murió en prisión en 1795, dos años más tarde de la ejecución, debido a un cuadro de tuberculosis y por maltrato dada las malas condiciones de cuidado. La única que sobrevivió fue su hija, María Teresa, quien fue liberada después del Reinado del Terror y pasó el resto de su vida en el exilio.
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