La cuestión es que ese 25 de julio estaba todo preparado en el Estadio Nacional de Lima para la consagración de la gran favorita: Argentina. El candidato de todos había alcanzado la final dando muestras de mejor fútbol que el resto de sus rivales. Lo que tampoco significaba que fuera deslumbrante ni mucho menos. Pero así y todo, llegó al choque decisivo ante el superclásico Brasil, bajo la dirección técnica de Marcelo Bielsa, el mismo entrenador que hacía dos años había comandado una de las peores vergüenzas en la historia de la Selección argentina, volviéndose del Mundial en primera rueda.
Y el Operativo Retorno (a la gloria) comenzó de la mejor manera para los Bielsa Boys. Es que promediando la primera mitad, el Kily González, de penal, adelantó a los rioplatenses. Pero sobre el final, cuando ambos equipos estaban por encarar los vestuarios para irse al descanso, apareció Luisao, a los 45’, para clavar el 1 a 1. Recordar: a los 45 minutos, tiempo cumplido.
No obstante, el golpe en el epílogo de la etapa inicial les hizo cosquillas a los gauchos. Fieles a su encumbrada autoestima, salieron en el complemento a devorarse al tibio Brasil. ¡Y qué cerca estuvieron de conseguirlo! Pero no, ni siquiera con el agregado de que enfrente no estaba la misma Canarinha que en 2002 se había quedado con el Mundial de Corea-Japón. El técnico brasileño Carlos Parreira no había citado a los pilares de ese equipo campeón: Ronaldo, Ronaldinho, Kaká, Cafú, Dida, Roberto Carlos, entre otros. Pero con muy poco bastaba y sobraba ante una Argentina que parecía haber hecho su preparación al pie del Glaciar Perito Moreno.
El casi mexicano Chelito César Delgado estuvo a escasos minutos de entrar en los libros de todos los tiempos del fútbol argentino. Pero la historia, quizás, hizo justicia. El grito agónico del ex Cruz Azul fue a los 87’ y no sirvió para nada más que jugar con la ilusión de los heridos futboleros albicelestes. El Scratch sintió el puntazo e instantáneamente padeció el toqueteo y la pisada frenética en los últimos instantes de Andrés D’ Alessandro y Carlos Tevez para mantener el balón en un rincón del campo brasileño.
Era un hecho, Argentina volvería a saborear las mieles del triunfo; estaban a punto de grabar su nombre al pie de la Copa América. Pero de repente, la sangre tiró. La paternidad que en ese momento poseían les jugó en contra. Se cruzaron los fantasmas del 2002. Del 98, 94, 90.... La siempre temible camiseta de la verdeamarelha. El cronómetro marcaba 92’, si, de nuevo: tiempo cumplido. El momento que mayor concentración requería, los argentinos paradójicamente lo sobraron del temor que sentían. Y la redonda le cayó servida al tremendo Adriano que no perdonó. 2 a 2 y a los penales. Mazazo.
En los tiros desde los doce pasos ocurrió lo esperado . Los de Bielsa lo homenajearon cayendo 4-2, gracias a los penales fallados por D'Alessandro y Gabriel Heinze. Brasil B le arrebata las ilusiones a lo mejor que podían poner en cancha sus vecinos.
Así, Chelito Delgado entró en la historia por marcar uno de los goles inútiles más festejados. Y la exhibición de temor extremo de la Selección argentina quedó como una de las gallineadas nacionales que jamás olvidarán en el país de los Maradonas, los Messis… los Kilys y los Heinzes.