Según cuentan aquellos que conocían a Bouazizi, el era todo lo contrario a un activista. "Ni siquiera veía las noticias", confesó su madre. "A la gente como Mohamed le importaban los negocios. Ellos no entienden nada de política". Los US$ 73 que ganaba semanalmente eran la principal fuente de ingresos de su familia.
Por encima de todo, él era un empresario reprimido –principal razón por la que su muerte resonó con tanta fuerza y se convirtió en una fuerza unificadora a través de la diversidad cultural, política y religiosa del mundo árabe, desde Marruecos hasta Siria. Durante décadas, las economías de mercado han estado creciendo en el Medio Oriente y África del Norte, si bien a la sombra de la ley. El ILD ha estimado que el 50% de los empresarios de la región operan fuera de la ley. Ellos comparten el deseo de prosperar que inspiraba a Bouazizi tanto como su desesperación frente a los obstáculos insalvables que aparecen en el camino.
El talento de Bouazizi estaba en la compra y venta. Cada noche, recogía frutas y verduras del mercado mayorista para venderlas en la calle ayudado de su carro que ubicaba estratégicamente frente a la oficina de la administración del distrito. Su sueño era comprarse una camioneta Isuzu para obtener sus suministros directamente de los agricultores. Era conocido en su barrio por su astucia práctica. Sus pares confiaban en él: sus colegas en el mercado mayorista de frutas a veces lo contrataban para que les haga la contabilidad. "También quería un stand permanente en el mercado mayorista", cuenta su madre. "Si se lo hubiesen dado, su vida habría cambiado".
Durante años, Bouazizi había soportado el acoso por parte de insignificantes -y profundamente corruptos- funcionarios públicos, en particular, los policías municipales y los inspectores que viven de los vendedores ambulantes y de otros negocios de pequeña escala. Los agentes de policía tomaban para si, a su antojo y arbitrariamente, fruta de los stands de los vendedores o imponían multas por la utilización de carros sin el correspondiente permiso. Bouazizi se quejó de la codicia de los funcionarios locales durante años. Odiaba pagar sobornos.
Pero el 17/12/10, la hasta entonces vida sin complicaciones tomó su lugar en la historia. Esa mañana, Bouazizi se metió en una pelea con los inspectores de la ciudad que lo acusaban de no pagar una multa impuesta por alguna infracción arbitraria. Se apoderaron de 2 cajas de peras, 1 caja de bananas, 3 cajas de manzanas, y su balanza electrónica -todo por valor de US$ 225, equivalente a la totalidad del capital de su negocio. Un oficial de policía municipal, una mujer llamada Fedia Hamdi, le dio una cachetada en la cara a Bouazizi frente a la multitud que se había congregado en el lugar. Con la ayuda de su tío, Bouazizi hizo un llamamiento a las autoridades para que la devuelvan sus bienes, sin resultado alguno -historia repetida y conocida en una sociedad donde los pequeños negocios y la gente de calle son tratados con desprecio por la burocracia local. Una hora después del encontronazo con Hamdi, a las 11:30 am, se roció con disolvente y se inmoló frente al edificio de la gobernación en Sidi Bouzid. Los transeúntes trataron de apagar las llamas con un extintor de incendios. Pero estaba vacío.
¿Por qué el suicidio de un hombre pobre en Túnez en una ciudad que nadie había oído hablar encendió la chispa de las revoluciones políticas de la Primavera Árabe? No fue la política, fue la economía.
Para ganarse la vida, los empresarios pobres como Bouazizi -y no sólo en Túnez, sino en todo el mundo- tienen pocas alternativas distintas a sumarse a la economía extralegal, en “negro” o “b”, como se la quiera llamar. Esas economías locales cuentan con sus propias reglas para la realización de transacciones y la protección de los activos. Bouazizi, por ejemplo, pagaba 3 dinares diarios para poder usar de manera regular su ubicación en la calle, lo que el ILD denominó "derecho de propiedad extralegal". Según sus investigaciones, había trabajado toda su vida para forjar su pequeño lugar en la economía del mercado local -y lo perdió en cuestión de minutos.
Durante la investigación, el ILD ha encontrado cientos de pequeñas empresas como la de Bouazizi, gestionadas por tunecinos sin identidad jurídica, sin domicilio legal, y prácticamente sin ningún derecho legal a su choza o puesto en el mercado. Sin documentos legales, su capacidad para sacar el máximo provecho de sus activos es limitada, viviendo con el constante temor a ser desalojados o acosados por las autoridades locales. Según la investigación de ILD, alrededor de la mitad de la fuerza laboral de Túnez es empleada por empresas extralegales de este tipo. Alrededor de la región, el número es mucho mayor -más de 100 millones de árabes.
Si el suicidio por la pérdida de US$ 225 en productos y un lugar en la calle para un puesto de frutas parece inconcebible para la mayoría de las personas en Occidente, los homólogos tunecinos de Bouazizi -y los de las economías extralegales en el resto del mundo árabe también- inmediatamente comprendieron su desesperación. Para sus ojos, Bouazizi no acababa simplemente de ser víctima de la corrupción o incluso de la humillación pública, tan horrible como esto puede ser, sino que había sido privado de lo único que se interponía entre él y el hambre: la pérdida de su lugar en la única economía disponible para los árabes pobres.
En efecto, peleándose con las autoridades no sólo perdió sus frutas y su balanza, sino también su acceso a la propiedad, al crédito y al capital futuro. Su mercancía había sido comprada a crédito, por lo que una vez confiscada, no podía vender para pagar a sus acreedores. Debido a que sus herramientas también fueron confiscadas, había perdido su capital de trabajo. Y dado a que le cancelaron el pago a las autoridades de 3 dinares diarios para ubicar su carro en los 2 metros cuadrados que le correspondían del espacio público, también perdió su acceso al mercado.
Las autoridades no sólo expropiaron sus bienes, sino también su potencial. Tómese como ejemplo esa camioneta Isuzu con la que Bouazizi había soñado. Habida cuenta de su ingreso mensual, la única manera que se podría haber permitido una inversión semejante hubiera sido mediante la obtención de un préstamo. Pero los bancos no prestan dinero sin garantías, y todo lo que Bouazizi podría haber ofrecido era su pequeña casa familiar, donde compartía 1 de las 4 habitaciones con su hermano Karim, de 14 años. Incluso eso habría sido casi imposible, dado que el padre de Bouazizi murió en 1988 sin dejar un título oficial que permitiese la transferencia a su descendientes e incluso al banco. El único documento que sostenía la propiedad de la casa databa de 1985 y era el contrato de compraventa suscrito entre el padre de Bouazizi y el municipio pero que nunca fue inscrito en el Registro de la Propiedad local. Estaba flojo de papeles. Moneda más que común entre los árabes pobres.
Bouazizi podría haber intentado legalizar su negocio mediante la creación de una empresa unipersonal pequeña. Pero eso es más fácil decirlo que hacerlo. El ILD calcula que eso hubiera requerido 55 trámites administrativos que demorarían un total de 142. Y claro, dinero. Los montos requeridos, calculan, ascenderían al equivalente a unos US$ 3.233 dólares (cerca de 12 veces los ingresos mensuales netos de Bouazizi, sin incluir los costos de mantenimiento y de salida).
Incluso si Bouazizi hubiese contado con el tiempo y dinero necesarios, una empresa unipersonal no le hubiese permitido acumular recursos mediante la incorporación de nuevos socios, limitar responsabilidad para proteger los bienes de su familia, o captar nuevas inversiones mediante la emisión de acciones de la empresa.
Es precisamente este tipo de barreras las que han mantenido a la inmensa mayoría de los empresarios imposibilitados de participar en la economía formal como actores legales.
Por lo tanto, cuando la noticia del martirio de Bouazizi se difundió en las calles árabes, su situación fue inmediatamente comprendida y compartida por millones de personas que tomaron la posta de la protesta. La investigación de la ILD concluye que, 53 días después de los eventos del 17/12/10, por lo menos 35 empresarios “extralegales” a lo largo y ancho de Medio Oriente y África del Norte habían replicado su auto-inmolación, dando así vía libre a la explosión de la Primavera Árabe.
Bouazizi agonizó durante semanas después de prenderse fuego. El presidente tunecino Zine el-Abidine Ben Ali lo visitó en el hospital. Le entregaron un cheque que su familia dice los asesores presidenciales recuperaron el momento en que se apagaron las cámaras de televisión.
Bouazizi finalmente murió el 4/01/11 de enero. Diez días más tarde, Ben Ali, huía a Arabia Saudita tras 23 años en el poder -casi la totalidad de la vida de Bouazizi.
Hoy en día, el cuerpo Bouazizi descansa en un humilde cementerio en las afueras de Sidi Bouzid. Su familia se ha mudado a la capital, Túnez. (Según los rumores reportados en la prensa, el alquiler de su casa está siendo pagado por un documentalista que quiere hacer una película sobre la vida de Bouazizi –un relato ferozmente negado por la madre de Bouazizi).
Inicialmente célebre por el papel de Bouazizi en el desencadenamiento de la revolución, su familia se ha convertido por estos días en objeto de envidia de algunos de sus compatriotas. En Sidi Bouzid, algunos se quejan de que "La madre de Bouazizi es la único ganadora de esta revolución". Si bien es cierto que las altas expectativas generadas por la revolución aún no se han cumplido, la insinuación de que la familia de Bouazizi de alguna manera se ha beneficiado con su muerte es una fuente de angustia considerable para los Bouazizis. Por más injusto que suene esto, representa una típica expresión de desprecio común entre las élites de la región frente a los comerciantes de la casbah.
Bouazizi, por supuesto, no es el único héroe de la Primavera Árabe. Hay miles de ellos, si no millones (no en vano “El Manifestante” es el hombre del año para la revista Time). Tampoco es la economía la única raíz de la revolución. Pero está claro que el trasfondo de descontento popular aún no se ha resuelto.
Gobiernos han sido derribados, pero las economías subyacentes permanecen y son ignoradas, a nuestro propio riesgo.
Preguntado Salem, uno de los hermanos de Bouazizi, lo que su hermano en el cielo podría esperar de su sacrificio y las consecuencias para el mundo árabe. Salem no dudó: "Que los pobres también tengan derecho a comprar y vender".