Sangre, sexo, drogas e incomunicación
Pablo es joven, ladrón, papá, drogadicto, y asesinó a dos personas, aunque no quería matarlas. Pablo quiere tener una familia igual a la que no tuvo pero le cuesta muchísimo romper el cordón que lo sujeta a su otra vida, la de delincuente. Lo curioso es que el cordón lo fortalece a diario su mejor amigo, Mario, a quien llaman el Ruso. La tragedia es sencilla, cotidiana y terrible, y permite armar algunas hipótesis sobre la delincuencia, los fracasos individuales y la violencia que padece la sociedad argentina. Una lástima que la gacetilla de prensa de Patagonik acerca de su película Palermo Hollywood explique lo siguiente: "En un Buenos Aires 2002, corrompido por los eventos de diciembre 01 y la consecuente caída del país, Pablo y ‘el Ruso’ son mejores amigos y ladrones de barrio". Es una tontería mezclar diciembre de 2001, ‘cacerolazos’ y ruptura institucional, con la venta de cocaína y pastillas, y un secuestro ‘express’ que, en verdad, es un ajuste de cuentas entre mafiosos. La secuencia propuesta por la propia productora desmerece el film, e impide conectarlo con la explosión delictiva de 2004. En la sinopsis de la película que cuenta la propia página web de la película, se insiste en el error: "Mientras que el país pasa por una de sus peores crisis, los dos amigos tienen sus propias historias. A pesar de pertenecer a diferentes clases sociales, se ayudan mutuamente (...)". En verdad, Pablo desea abandonar la delincuencia y Mario lo hunde cada vez más, lo lleva engañado a un secuestro que provocará el derrumbe definitivo de ambos y hasta el final de la amistad; resulta incomprensible dilucidar cuál es la ayuda mutua a que se refieren quienes realizaron ese ‘script’. Esto obliga, por un lado, a preguntarse si Pablo Bossi, socio de Artear / Grupo Clarín, en Patagonik, y productorr asociado de la película, comprendió de qué trata el excelente guión de Federico Finkielstein y Brian Maya –muy superior a los que habitualmente intenta ofrecer, en esta temática, Adrián Suar-, bien llevado al celuloide por Eduardo Pinto, obrero multipropósito del cine de quien, en breve, se verá Caño Dorado. Pero el contenido cinematográfico también permite interrogarse acerca de la escasa comprensión que tiene la propia sociedad argentina de la delincuencia que sufre. Pablo, que vive con un padre taxista con quien casi no cruza diálogo, y Mario, que vive con un padre diputado nacional candidato a senador nacional, con quien sólo hay asperezas, reflejan a aquellos adolescentes que carecen de inserción familiar –aunque tengan familia-, pierden comunicación con su red de contactos ‘histórica’, y con desesperación intentan contenerse entre ellos , a menudo con la cercanía de ‘alguien’ que procurará aprovecharse de esa soledad. Estos casos ocurren con demasiada frecuencia. Y puede ocurrir en la miseria o en la opulencia, en hogares rotos o aparentemente consolidados. Luego, el consumo de droga dispara el aislamiento respecto del núcleo tradicional y puede conducir al delito. No es una casualidad que el distribuidor de droga para quien trabajan Pablo y Mario, cada vez que ellos le llevan el dinero de la venta de pastillas en las ‘discos’, les reclama que prueben cocaína en su presencia, antes de liquidarles su comisión. Y cuando visita a Mario para advertirle que es prudente que mantenga su silencio ante la policía, le obsequia una bolsita de cocaína. Ni Pablo ni Mario tienen un modelo en el que reflejarse, pero esto también le ocurre a miles de jóvenes, y es desalentador, incursionen o no en el delito. La abundancia de jóvenes que carecen de proyectos afecta a una sociedad, indefectiblemente. Pablo comienza a esbozar, tardíamente, la salida de una migración a Italia que, en verdad, es una ambición de su pareja, la mamá de su hija. Mario sólo desea humillar a su padre. Ambos son ‘perejiles’ a quienes debería reinsertarse con relativa facilidad, pero esto no ocurre porque la sociedad carece de esas herramientas de ‘alerta temprana’ y porque cada uno vive muy ocupado en mirar su propio ombligo. ¿Dónde debería funcionar esa ‘alerta temprana’? Sin duda que donde ellos se encuentran a diario, en la película es la Plaza Serrano, donde muchos vecinos conocen que son jóvenes delincuentes y donde, en definitiva, los rastrea un detective de la Policía Federal. Es verdad que el crimen no es irremediable. No hay predestinación en la comisión de un delito. A mucha gente le va mal pero no por ello se lanza a una carrera delictiva. En la película hay un amigo integrante del grupo quien, sin embargo, se mantiene al margen de la delincuencia juvenil de sus compañeros. Es obvio que hay un contexto sociológico grave en el ‘boom’ de delincuencia urbana, pero también ocurre la necesidad de un trabajo en las conductas individuales de los sujetos en peligro. Ofrecer esta asistencia sí es una responsabilidad indelegable de la sociedad. Si no actúa preventivamente, luego es hipócrita su lamento tardío. A propósito de esto, la terapia conductista tiene mucho para ofrecer hoy día. La terapia conductista se centra en el presente del sujeto, aunque no niega el pasado ni lo descarta, pero considera que ese pasado no continúa siendo activo en el presente de un paciente, aunque reconoce la importancia de las experiencias de aprendizaje previas. En las conductas de los individuos aparecen ‘refuerzos’, que ocurren cuando un acontecimiento acrecienta la posibilidad de la conducta a la que sigue. Hay ‘refuerzos’ positivos y hay ‘refuerzos’ negativos. En la terapia clínica se pautan cuáles son los ‘refuerzos’ positivos y cuales los negativos, y cómo condicionar -mediante estos ‘refuerzos’- las conductas ‘desadaptativas’ y el fomento de otras que no lo son. Un dato preocupante de Palermo Hollywood es la correcta percepción de los jóvenes de que colaborar con la Policía no es una oportunidad. Uno de los elementos más frustrantes hoy día en la lucha contra el delito es la falta de una adecuada, dinámica y eficiente política de protección de testigos, lo que se suma a la podredumbre del sistema penitenciario. Es errado el diálogo del investigador con cada uno de los jóvenes delincuentes para lograr que testifiquen contra el mafioso al que se apunta. Es mínima la oferta que les formula. Y termina conduciendo a la tragedia cuando no contempla cuál fue el rol de cada uno en el delito bajo investigación. Esto sucede a diario, y es increíble que no se haya abordado aún con la profundidad que el tema merece. De todos modos es harto lógico que una sociedad que no comprende el fenómeno que la golpea, resulte incapaz de promover acciones de prevención o de auxilio. En los lugares de esparcimiento como las ‘discos’ abunda la droga. Los padres deben saberlo y buscar cómo contrarrestar semejante realidad. Puede ocurrir en una ‘matinee’ o en una ‘after hour’, en una ‘bailanta’ o en una fiesta ‘creamfield’. Lo que los padres no pueden es ignorar el peligro que acecha, y carecer de un par de estrategias de prevención. No se trata de demostrar histeria pero sí interés. Y esto no puede ocurrir en la adolescencia sino en la niñez para que, cuando exploten los problemas, ya existan mecanismos –fijados en el subconciente- que le permita al joven reconocer los vínculos con su entorno. Por cierto que no es tan complejo, pero sí demanda energía y tiempo. Hay algo en claro en toda lucha contra la drogadependencia y la delincuencia juvenil: la sociedad no puede prescindir de la familia ni la familia de la sociedad. La prescindencia sólo profundiza la destrucción de todos, y garantiza que la sangre corra sin final.