Es revelador que no se entienda ni qué función cumplen las aplicaciones de agregación de demanda (ni por qué son tan exitosas), ni por qué tantas personas eligen voluntaria y libremente aprovechar las oportunidades que brindan para ganarse un sustento pese a la supuesta “precarización laboral”.
Y mucho más revelador es que, pese a los elevados índices de desocupación, desde el Estado se apueste a perseguir a las empresas prestadoras de este tipo de servicios como con tanta virulencia (e inefectividad) se combate a Uber, cuando al mismo tiempo cientos de miles de personas reciben planes y subsidios otorgados con el argumento de que no hay trabajo suficiente para todos.
Francamente esta contradicción ameritaría un debate más profundo.
Pedidos Ya, Glovo y Rapi han tenido un éxito arrollador no solo porque centenas de miles han instalado las aplicaciones en su celular sino porque miles de personas han resuelto sumarse y ofrecerse como delivery.
Es un trabajo duro el andar en la calle en bicicleta o moto repartiendo pedidos, pero quienes se lo toman en serio obtienen un ingreso que de otra manera no tendrían. Muchos reciben pedidos en forma simultánea para más de una aplicación, incrementando ingresos por la vía de reducir los tiempos muertos y aprovechan al máximo la demanda. No tienen horarios, y son independientes.
El discurso es que “son personas empujadas a la precariedad por la falta de trabajo”, en realidad son personas que se ganan la vida con su esfuerzo y que merecen un trato mejor que el que Ottaviano les da al tratarlos de “pobrecitos explotados” y pisotearles su dignidad.
Sin el concurso de esas personas no existirían las aplicaciones. Pero son las aplicaciones las que abren la oportunidad para que ellos obtengan mejores ingresos que los que obtendrían si no existieran (si no fuera así, no estarían trabajando con ellas).
Las aplicaciones de la economía colaborativa abren oportunidades que hasta ahora estaban vedadas. Para los consumidores, acercan productos y servicios de mejor calidad y más baratos que los que antes obtenían. Los productores se benefician por el acceso a un público al que antes no llegaban. Y quienes brindan sus servicios -tales como los repartidores, o los conductores de Uber- obtienen una fuente de ingresos que les ayuda a vivir. Todos ganan, menos los parásitos, los que viven de la intermediación pero no aportan valor, los que viven de mercados cautivos, o los que le quitan una tajada a los que producen.
Ni Horacio Rodriguez Larreta, ni Carlos Arroyo consiguen frenar la expansión de Uber. Los que utilizamos sus servicios sabemos que Uber es mucho más seguro, más cómodo y mucho más económico que el servicio de taxis, y cada vez somos más los usuarios, y más los que se ganan un sustento manejando con Uber (aún pese a las patoteadas, a los sabotajes, a los incendios de vehículos de los caza Uber).
¿Precarización laboral? ¿Ilegalidad? Los principales explotados en la industria del taxi son los peones de taxi, en su inmensa mayoría pequeños cuentapropistas que alquilan por día el uso de los vehículos y pagan por eso más del 70% de lo recaudado. Buena parte de los choferes Uber son ex-peones de taxi que lograron escapar del verdadero yugo, y con algo de capital propio o prestado se lanzaron a la actividad buscando (y consiguiendo) mejores resultados.
Tampoco podrán con las APP de Delivery. Resuelven demasiados problemas. Los empresarios gastronómicos pueden prescindir de sus propios mecanismos de delivery para concentrarse en el foco de su negocio (la comida) y llegar a un público muchísimo mayor. Al incrementarse la demanda, la densidad de entrega hace innecesario tener moto para poder desarrollar la actividad, y hay ahora muchas más personas haciendo delivery y ganando su sustento que además ya no depende de las propinas de los consumidores. Y para los clientes, más opciones, más variedad, más tiempo libre para otras cosas, mayor rendimiento de su dinero.
Hace muchos años, cuando aparecieron deRemate.com y MercadoLibre, una asociación profesional de rematadores intentó impedir su funcionamiento (en aquel momento el mecanismo de venta era el de subastas) aduciendo que los remates eran “monopolio” de los “rematadores públicos matriculados”. Hoy, si no fuera por los remates judiciales, lo que ya no existiría es la profesión de “rematador”.
Mercadolibre se abrió paso y es la empresa argentina de mayor capitalización bursatil.
Lástima que esa auténtica máquina de arruinar que son el Estado Argentino y sus socios corporativos impida que sea para la economía de nuestro país tan importante como lo es hoy Amazon para España, donde las exportaciones de productos de pequeñas empresas concretadas por esa plataforma sumaron más de 400 millones de Euros el año pasado, principalmente a consumidores de afuera de Europa. Más de 8000 pequeños empresarios exportando productos, dando trabajo, generando divisas.
Mientras tanto, seguimos todos los días mirando la cotización del dólar, rezando para que la inflación no se dispare, esperando que nos maten con un nuevo impuesto y rogando poder mantenernos a flote mientras se hace todo lo posible para arruinarnos y convertirnos a todos en beneficiarios de planes sociales, incluso, por la vía explícita de un fallo judicial.