“Si pinta un pipazo, que pinten los cuidados”, podía leerse en la etiqueta que acompañaba los elementos distribuidos durante la jornada.
De acuerdo con la información difundida por las propias organizaciones, participaron alrededor de 65 personas y se entregaron 39 kits. La actividad también incluyó una olla popular, más de 50 viandas, conversaciones con los asistentes y un relevamiento anónimo y voluntario sobre sus experiencias.
“El cuidado es un derecho. También para quienes usan drogas”, fue el mensaje con el que las entidades defendieron públicamente la iniciativa.
Pero fueron las pipas de vidrio las que terminaron concentrando buena parte de la discusión.
¿Por qué entregaron pipas?
La explicación de AMMAR y ARDA se encuadra dentro del concepto de reducción de daños.
Este enfoque parte de una premisa: existen personas que consumen sustancias y que no necesariamente dejarán de hacerlo inmediatamente. Ante esa realidad, propone implementar intervenciones destinadas a disminuir algunos de los riesgos asociados al consumo, sin establecer como condición previa la abstinencia.
En este caso particular, las organizaciones argumentaron que los elementos entregados estaban dirigidos específicamente a personas que ya utilizan cocaína fumable.
Según explicaron, la utilización de materiales improvisados puede provocar cortes o quemaduras y generar otros riesgos sanitarios. Por eso consideran que proporcionar elementos adecuados constituye una intervención de cuidado y no una invitación a iniciarse en el consumo.
“La reducción de daños parte de reconocer que el consumo existe y que podemos actuar para cuidar la salud desde ahora”, argumentaron las entidades.
También sostuvieron que acompañar a quienes continúan consumiendo no resulta incompatible con brindar tratamiento y asistencia a quienes buscan reducir o abandonar las drogas.
La discusión explotó en las redes
La explicación no convenció a todos.
La publicación recibió numerosos cuestionamientos y algunos de los más contundentes llegaron precisamente de personas que aseguraron haber atravesado problemas de consumo.
“Yo casi pierdo la vida por esa mierda”, escribió un usuario que afirmó llevar cerca de tres años sin consumir sustancias después de haber recibido ayuda de una institución.
Para él, la reducción de daños debería tener un único mensaje: “No a las drogas”.
Otra usuaria puso el foco en el impacto que una iniciativa de estas características podría tener sobre una persona que intenta abandonar una adicción.
Según planteó, entregar un kit podría ser interpretado por alguien en una situación de vulnerabilidad como una señal de que consumir “no es tan malo” o como una razón para postergar la decisión de abandonar la sustancia.
Del otro lado aparecieron quienes defendieron la intervención.
Los argumentos favorables remarcaron que reducir daños no significa considerar seguro el consumo de cocaína ni recomendarlo, sino intentar disminuir determinadas consecuencias sanitarias mientras se mantienen disponibles alternativas de tratamiento para quienes quieran abandonar el consumo.
Allí está precisamente el centro de la discusión.
¿Cuidar al consumidor o normalizar el consumo?
La polémica excede a las 39 pipas distribuidas en una plaza porteña.
El verdadero debate pasa por qué debe hacer una política sanitaria frente a una persona que consume una sustancia ilegal y no está dispuesta —o todavía no puede— abandonar ese consumo.
Para quienes defienden la reducción de daños, ignorar a esa población o condicionar cualquier asistencia a la abstinencia puede dejar a las personas expuestas a riesgos adicionales.
Para sus críticos, en cambio, intervenciones como entregar pipas y acompañarlas con consignas como “si pinta un pipazo” corren el riesgo de banalizar una conducta potencialmente dañina y transmitir un mensaje ambiguo sobre el consumo de cocaína.
Y el tono elegido para promocionar la jornada terminó convirtiéndose en parte del problema.
Porque una cosa es discutir desde la salud pública estrategias destinadas a disminuir riesgos entre consumidores de drogas. Otra es comunicar una intervención vinculada a una sustancia como la cocaína con una consigna que rápidamente puede ser interpretada como una expresión celebratoria o despreocupada del consumo.
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