Un mensaje que resume la esencia de la comunidad ricotera
Comunidad, respeto y resistencia pacífica. De pronto, entre los susurros se oye: "La causa de muerte confirmada Carlos Alberto Solari falleció el viernes 5 de junio a los 77 años en su casa de Parque Leloir, Ituzaingó", dijo un informal cronista del duelo, al aire.
El Indio y la enfermedad de Parkinson
Tras más de una década luchando contra el Parkinson, la autopsia preliminar determinó que la causa fue un ACV hemorrágico no traumático. Ocurrió mientras realizaba sus ejercicios habituales en la pileta climatizada interior de su domicilio. La muerte fue inmediata y no se produjo por ahogamiento.
¿Hubo incidentes? Sí, pero no en el velatorio de hoy
El sábado 6/6, durante el banderazo espontáneo en el Obelisco, se registraron disturbios por un operativo policial contra vendedores ambulantes: hubo corridas, 8 a 10 detenidos y 2-3 policías heridos. También se vivieron momentos de tensión frente a su casa en Parque Leloir.
Hoy, en Villa Domínico, la historia es distinta. La multitud avanza ordenada, cantando y respetando el dolor colectivo. El Indio, una vez más, une al pueblo.
Aquél Indio que sigue vivo en su gente, una vez había dicho: “Me gustaría que la muerte me encuentre vivo.” Y así fue. Se fue haciendo lo que más amaba: viviendo intensamente, sin algodones, sin concesiones.
En esta fila interminable que hoy rodea el Polideportivo Gatica resuena otra de sus frases icónicas:
“Las despedidas son esos dolores dulces”. Dolor, sí. Pero también una dulzura enorme: la de ver a miles de desconocidos abrazándose, cantando y recordando que “vivir solo cuesta vida”.
Porque el Indio nunca vivió solo. Vivió para y con la gente. Esa que hoy camina kilómetros con él, vivo en la memoria. Esa que él defendió con cada letra, cada rugido y cada silencio. “No tengo miedo a la muerte. La curiosidad es más grande que el miedo”, confesó en una de sus últimas reflexiones.
Hoy, esa curiosidad se transforma en legado: el Indio no se fue y los fieles aseguran que no quiere irse. El poeta del pueblo se multiplicó en cada remera, en cada lágrima, en cada “¡Indio, carajo!” que retumba en las calles de Avellaneda.
El rock argentino llora. Pero también celebra. Porque mientras haya alguien que se niegue a vivir entre los algodones de la comodidad, el Indio seguirá vivo.
El velatorio continúa abierto “hasta que haga falta”.
Y la fila, como su música, no para de crecer.
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