Lo cierto es que mientras algunos apuntan al insulto y la burla, pocos más sensatos advierten sobre la necesidad de recuperar la conexión con los votantes moderados y quienes no participaron, especialmente pensando en la elección de octubre. La lectura política es clara: despreciar al elector propio o ajeno no solo es éticamente cuestionable, sino estratégicamente peligroso.
Cerveza o tren: La discusión social desvirtuada
En 2024, un debate similar tomó relevancia cuando Oscar Passet, exarquero de San Lorenzo, afirmó en el programa de Alejandro Fantino: "Mucha gente está acostumbrada a no pagar y prefieren tomarse una cerveza… por eso no deberían quejarse del boleto". La frase, dada en medio de la polémica por el aumento del boleto de tren, encendió la mecha por cuestionar la economía y los hábitos de quienes viajan en transporte público.
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Las declaraciones de Oscar Passet sobre tomar cerveza y quejarse del boleto generaron polémica en redes.
Como pasó este domingo, los trolls libertarios se agarraron de la frase de Passet y, subiéndose al tren del insulto, llevaron la discusión a juzgar cómo viven los que viven la realidad económica todos los días: "Si te da para la cerveza, vino y fasos, te alcanza para pagar el metro jejeje", escribió un usuario; otro agregó: "Un día común en la República de Kirchnerlandia: toman birra, fuman faso y hacen quilombo". Por su lado, muchos pasajeros señalaron que aunque se den pequeños gustos, el costo del boleto sigue siendo un gasto significativo dentro de su presupuesto mensual.
Ya sea que se ataque al ciudadano promedio con que "le gusta cagar en un balde" o "prefiere tomarse una cerveza que pagar el tren", es claro que se busca reducir a un grupo social a estereotipos simplistas, por su voto o por su manera de vivir. Lo que esto ignora es la complejidad de la vida en Buenos Aires y el conurbano, donde el consumo cotidiano (y por ende, las elecciones) son decisiones condicionadas por la precariedad, los sueldos bajos y la falta de oportunidades.
Criticar cómo alguien sobrevive y se permite pequeños placeres no es política; es un ejercicio de esnobismo que desvirtúa el debate público. En lugar de eso, la discusión debería enfocarse en soluciones concretas, políticas claras y estrategias que realmente respondan a la vida diaria de los ciudadanos.
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